El Rincón de Los Vencidos

Nuestro Rincón, Nuestra Historia

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Éste es el título de mi primera novela. Como dijo Luis Landero: “Toda novela es la sombra de otra, perfecta y arquetípica, que el escritor ha vislumbrado en sus ensueños”.

Es una novela ambientada en una universidad, donde dos amantes sufren las desventuras del amor. La universidad es más que estudiar, y ellos aprenderán esa lección. Más información aquí.



Un Sueño Cumplido. Desde El Rincón a Ti.

Ese fue mi primer libro, que salió a la venta en diciembre de 2009. Si quieres adquirir un ejemplar, pincha aquí. Gracias

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6 de diciembre de 2010

Miradas Cómplices - II



Pero cuando estaba saliendo por la puerta del Aula Magna de la facultad, ella dijo si alguien quería hacer alguna pregunta a los conferenciantes. Él se giró y volvió a sentarse en su sitio allí cerca de la tarima. Mientras, un compañero hizo una pregunta que él no logró entender, cuando la respondieron le tocó el turno a él. Alzó la mano y ella le miró y le dio la palabra. Sin embargo, ni en los ojos ni en las bocas de ellos podían verse alguna expresión. Conservando esa imperturbabilidad le preguntó: “¿Tiene usted pareja?”, y se sentó en su sitio a esperar la respuesta mientras el resto del auditorio se quedó tan atónito como ella.

Tras unos segundos, para él horas de silencio, ella se atrevió a contestarle bajo la mirada acusatoria del resto de acompañantes. Él si sabía el nombre de ella, Rosa, pero ella no sabía el suyo, así que sólo le dijo:

“Lo siento chico, no hablo de mi vida privada en estos lugares, pero te diré que sí, estoy casada, aunque no tenga nada que ver con el tema de la conferencia”.


Hacía mucho tiempo que no cruzaban miradas, demasiado tiempo. Desde aquel corte en medio del auditorio, que le causó ser el hazmerreír de media facultad. Pero no le importó, en la vida había que arriesgarse. Y ella había sido su amor platónico, y ahora no podía quitársela de la cabeza. Volvieron a cruzar sus miradas seis meses después de aquel día, de aquella conferencia: El Collar de la Paloma de Ibn Hazm y su relación con El Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita. Sólo cruzaron miradas y un par de saludos, pero eso fue suficiente para que volviera a nacer con más fuerza el amor en su alma, en su mente y en sus sueños. En ellos también estaba ella.

Allí, en los sueños él podía ser y tener el valor suficiente para decirle todo lo que sentía sin miedo, y ella podía no tener pareja... En sus sueños estaba divorciada. Recuerda cómo se acercó a ella lentamente por detrás, con su mano, le apartó el pelo del cuello y respiró su esencia mientras lentamente se acercaba a besárselo. Ella estaba inmóvil, no podía decir nada, estaba encantada con aquel gesto. Y él siguió recorriendo su su nuca, su cuello, su barbilla y llegó a sus labios. Allí se fundieron en un suave beso, que cómo no podía ser de otra forma le despertó del sueño al haber llegado a su clímax.

Tras aquel sueño parecía que se había cargado de valor y por fin le dedicó a Rosa las palabras que se merecía, las palabras que deseaba. Fue una tarde de viernes, él estaba en la Universidad para sacar un libro, y ella estaba acabando su jornada laboral, volvieron a cruzar miradas, y un breve saludo, pero ésta vez él siguió hablando, le preguntó algo más... Un ¿qué tal? Una pequeña conversación, un lo siento por lo que hice aquel día, algún me pillaste desprevenida, me gustó mucho tu intervención... muchas palabras, pero sobre todo las más importantes: "¿Tienes tiempo para un café?" Y su respuesta, "".

Y allí en aquella cafetería se enteró que sí, que Rosa tenía pareja, que no tenía opción con ella, que debía dejar pasar ese amor platónico, pero a pesar de todo tenía mucho que aprender de ella. Perdía un amor platónico y ganaba toda la experiencia de una vida... quizás la balanza jugaba a su favor y vendrían más miradas cómplices.

30 de noviembre de 2010

Miradas Cómplices - I

Miró el reloj eran las seis y veinte. La conferencia empezaba a las siete, y él vivía cerca de la universidad, a menos de diez minutos: tenía todo el tiempo del mundo; aún así decidió salir en aquel momento. Había estado estudiando desde las tres y media, ya estaba cansado: era abril y los exámenes finales aún quedaban muy lejos. Por eso cuando días atrás en los pasillos de su facultad vio que había una conferencia y estaba el nombre de ella no lo dudó ni un segundo y lo apuntó todo: necesitaba verla.

Estaba nervioso, tenía miedo, sudaba más de lo normal y su mente sólo se hacía preguntas que no podía responderse: “¿La vería a ella realmente? Y si era así, ¿Qué haría cuando lo hiciera? ¿Le diría él algo? ¿O se lo diría ella? ¿O ni siquiera le reconocería?”. Ella era su amor platónico desde la primera vez que la vio y hablaron, por casualidad, en los pasillos de aquella facultad. Ella había sido contratada como profesora adjunta al Departamento de Estudios Árabes hacía un par de años y cuando llegó estaba perdida. Le preguntó cómo llegar a la zona de los departamentos, y él amablemente se ofreció a acompañarla. Por el camino ella le contó algo sobre su trabajo en la facultad, pero no les dio tiempo a hablar mucho: el camino era corto.

Su amor era platónico porque nunca intentó pasar más allá de simples conversaciones entre los dos por miedo a lo que dirían los demás, aunque por dentro su corazón se consumía por no besarla. Él imaginó que ella sería diez o doce años mayor y eso sería crítica por parte de sus compañeros de clase: además, posiblemente ella ya tuviera su vida resuelta y no estaría dispuesta a perderla por un chaval de veintipocos años.

Cuando llegó a la facultad no había demasiada gente. Era normal aún faltaba media hora para la conferencia y de todas formas no habría mucha gente, era por la tarde: la mayoría de los alumnos estarían en clase o serían de turno de mañana y no tenían por qué ir a aquella conferencia. Gracias a eso pudo sentarse cerca de la tarima. Sería un buen lugar para que ella se fijase en él, para que lo mirase, y quizás volver a hablarle tras tanto tiempo y tras aquella conversación que podría decirse no fue de las que marcaron época. Claro eso siempre que se acordase de él, algo difícil: había pasado demasiado tiempo, medio año sin volver a verse desde aquella vez.

Inmerso en aquellos pensamientos no pudo notar que la sala se había llenado de gente, en contra de sus perspectivas. Y ella había pasado por su lado sin que ninguno de los dos se percatara de la existencia del otro, o no quisiera admitir que estaba allí el otro.

El balbuceo de la gente llegó a ser tan insoportable que le impidió seguir concentrado en sus pensamientos. Miró el reloj y eran las siete y diez; “Ya debería haber empezado, se están retrasando”, pensó. Y acto seguido como si le hubieran leído la mente, empezaron a sentarse los ponentes en la mesa y ella desde la tarima comenzó a presentar la conferencia anunciando al resto de acompañantes y haciendo un breve resumen de los temas a tratar. Pero él no podía enterarse, no le importaba. Sólo quería verla a ella.

Si fuera posible estaba más bella de lo que recordaba: aquel pantalón negro, y aquella blusa roja la hacían parecer una diosa. La blusa, tenía un escote que insinuaba mucho más de lo que llegaba a enseñar, tal vez eso sería una señal para decirle que estaba casada, y sentía pudor; o quizás sólo sería un juego de mujeres. Ese escote le dibujaba los senos de una forma espectacular, los mismos pechos que tantas noches de sueño le habían quitado. Y encima de esos pechos su cuello de cisne y su dulce rostro, todo en ella era perfecto para amarla.

Sus ojos castaños similares a dos luceros se hacían uno con el color de su pelo, el cual, intencionadamente, sombreaba parte de su cara. Esos ojos eran con los que soñaba cruzar una mirada y transformarla en sonrisa para devolvérsela a través del viento hasta su boca, y tal vez con la magia de aquel gesto, transmutar la sonrisa en palabras, y las palabras en amor. Pero aquellos ojos no cruzaron miradas. Él creyó que ella lo esquivaba pero era difícil saberlo con seguridad: había demasiada gente como para fijarse en alguien y estaba demasiado nerviosa para pensar en él. Pero, el principal motivo posiblemente sería que no lo recordaría.

Fueron los aplausos los que le volvieron a traer del mundo de sus pensamientos para decirle que la conferencia había salido bien. Él aplaudió como el resto, y tras unos segundos de cortesía se fue. ¿Realmente salió todo bien? ¿O sólo fue la conferencia? Porque aquel chico al acabar la conferencia se fue de allí triste, muy triste: habían estado a escasos metros, él la había mirado a los ojos, había intentado sonreírle, pero ella no se había inmutado… Aquel chico perdió la ilusión del amor por una mirada cómplice que nunca se dio.

Continuará...

11 de septiembre de 2010

Mirar con el Alma

Muchos dicen que lo peor que les podría pasar sería quedarse ciegos, eso es porque no han sido ciegos de nacimiento como yo. Para alguien que ve, la oscuridad puede ser su mayor problema pero para alguien que jamás vio nada, lo peor que le puede pasar es enamorarse en silencio de una voz y no encontrar el valor para darle a conocer el dictado de tu corazón.

Fui ciego desde que nací, ahora tengo treinta años y me gusta decir que mi vida es azul. Sí, sé que la gente que ve dice que su vida es gris cuando es triste o apática, pero para mí, ¿qué importa el color si jamás sabré diferenciarlos? Así al menos me hago el interesante. Cuando era pequeño, mis padres me llevaron a los mejores oculistas y oftalmólogos que podían permitirse para ver si recuperaba la vista, fueron muchas operaciones pero nada sirvió para ayudarme. Sigo sin ver colores.

Hace unos años me hicieron la última operación, decían que en esa recuperaría la vista de una vez por todas, pues bien, aún estoy esperando recuperarla. He sido un fracaso para todos los médicos que me han operado, pero es que conmigo no se podía hacer nada. Siempre he estado acompañado de un perro guía y de un bastón. Sólo ellos y mis padres han estado a mi lado durante toda mi vida, no me ha hecho falta la ayuda de nadie más para sobrevivir el día a día. Ni siquiera otros chicos invidentes han estado a mi lado, ni cuando aprendí a leer braille en aquel colegio. No me ha importado nunca.

Ahora la fin he encontrado un trabajo, siempre estuve receloso a hacerlo, pensaba que podría solo pero me equivoqué. No, no soy un gran abogado, ni médico, como a las madres les gusta; ni siquiera trabajador de mono azul. No, soy vendedor de cupones de la ONCE en una esquina de mi ciudad. Trabajo solo, y no, tampoco tengo miedo a que me roben o me timen, estoy encerrado en un pequeño puesto, y tengo la regla de que antes de dar el cupón, he de coger el dinero. Y si son billetes comprobarlo con una máquina especial si son verdaderos o falsos. Y cuando llega la hora de cerrar, viene mi padre a recogerme y ayudarme con la recaudación. Esa es mi rutina.

Tal vez alguien pueda pensar que es un trabajo aburrido y monótono, que sólo estoy aquí porque no puedo aspirar a más. La verdad es que se equivoca, he estado trabajando en otros lugares, he estado ayudando a otras personas invidentes como yo, pero llegué a darme cuenta de que hasta en las personas con discapacidad intentan pisarse unas a otras. Sí, discapacitados, no me gusta eso de con capacidades especiales, porque no es cierto, somos discapacitados para algunas cosas, igual que muchos de los que se creen mejores no pueden hacer otras que nosotros sí o la mayoría de los capacitados. Todos tenemos alguna restricción en nuestra vida, más clara o menos, pero la tenemos: todos somos discapacitados. No todos pueden escribir poemas, por ejemplo. O ser astronautas.

Si finalmente estoy en este trabajo es porque me gusta, porque aquí sí puedo despegar mis alas, aquí puedo darle algo más de color a mi vida gris. Ninguno de vosotros sabrá jamás qué se siente al enamorarse de una voz, como me ha pasado a mí. Sé que podréis pensar que os miento y sí podéis hacerlo por teléfono, pero os juro que el sentimiento no es el mismo, además en vuestras vidas está la opción de que os conozcáis o podréis ponerle los ojos y la boca de vuestra ex pareja, la nariz de aquel actor que tanto os gusta… Yo sólo puedo imaginar su cuerpo con imágenes que nunca contemplé.

Es algo difícil de explicar lo sé, pero es amor. Y el amor no se explica.

Oigo su voz todos los días, la oigo pasar con sus compañeras de trabajo, porque ella trabaja en una gran empresa, en la planta séptima. Trabaja en el departamento de relaciones humanas, su pelo es castaño y su mirada azul como el cielo. Sus labios son rojos como el fuego del infierno. Su cuerpo está perfectamente dibujado. Al menos ella es así en mis pensamientos, en mis sueños. Sin haberlo visto jamás siempre me gustó el pelo castaño, marrón. Realmente no sé dónde trabaja, pero me gusta imaginar que lo hace en ese lugar.

Si no fuese ciego, algún día podría preguntarle, invitarla a una copa, acariciar su rostro, y comprobar que estaba en lo cierto. Pero eso no podrá ocurrir nunca. Ni siquiera me ha comprado un cupón, sólo he oído su voz al pasar por la calle. Apenas puedo distinguir su aroma entre el de sus compañeras, pero sé que el suyo es el más dulce de todos.

Si no fuera ciego, le propondría conocerla lejos de estas calles, en su habitación, en la mía. Recorrer con mis manos su cuerpo. Pero sé que por ahora, y para siempre, sólo podré hacer eso en mis sueños. En esos sueños en los que puedo ver, en los que ella me ve. Pero siendo ciego, sólo me queda esperar que se acerque a comprar un cupón, a que un día pasee sola y pueda sentir su aroma muy dentro de mí.

Siendo ciego sólo me quedan los sueños.

17 de junio de 2010

Aquel Callejón


-Me alegra mucho que estés aquí. –Fue lo primero que le dijo ella cuando lo vio allí.
-No podía faltar. No, ahora no...
-Ya, muchas gracias por hacerlo. Pero como han pasado tantas cosas entre nosotros dos...
–suspiró ella, se le notaba que estaba mal, preocupada, o sufriendo por su relación.

-Querrás decir que NO ha pasado nada de lo que podría haber pasado.
-Sí, bueno, dicho así... lo siento.
-No, no... no te preocupes, si en realidad la culpa fue mía... Hice lo que no tenía que hacer, fui demasiado lanzado, me tomaste por loco, te asusté... podrían haber pasado miles de cosas, y sólo pasaron las que yo no quería. –Se lamentó él.

-Bueno, no fue tu culpa. Tú sólo seguiste un sentimiento, y eso es lo único que importa en esta vida. Sí, es cierto que me asusté un poco, no quería saber de ti, pero ahora todo ha cambiado. Sólo tuve miedo entiéndeme...
-Lo sé, y también sé que a partir de ahora todo será distinto si tú quisieras, ¿querrás?

12 de mayo de 2010

Ni Una Más - II

Pero sus promesas duraron tan poco como lo que tardó en llegar su siguiente borrachera, una noche. Esta vez no hubo golpes, ni siquiera porrazos en la puerta o voces para que le abriera la puerta, esta vez quiso poseerla a la fuerza, violarla… porque lo que él quería no podía llamarse hacer el amor. Ella se intentaba resistir, pero él a pesar de estar borracho seguía teniendo más fuerza que una mujer con un brazo escayolado, y al final logró salirse con la suya. Eva aquella noche cuando él se quedó dormido tras escupir todo su semen en ella sólo pudo llorar en la ducha y jurar y rejurar que no lo perdonaría y que se iría de allí. Pero no podía hacerlo.


Ella aún lo amaba: amaba a esos recuerdos de aquel chico noble que la enamoró una vez, estaba enamorada de aquellos detalles y ahora vivía inmersa en esas reminiscencias y no era capaz de ver que pronto empezarían a llegar más golpes por no haberle hecho la comida a tiempo, o por estar fría. Y siempre tras aquellos golpes, palabras de súplica y perdón, tras ellas golpes más fuertes que los anteriores. Día tras día, noche tras noche intentando ocultar lo evidente a aquellos ojos que cuando la miraban esquivaban su mirada a otro lado para no ser conscientes de la triste realidad de Eva, para no ser cómplices de un cobarde que hacía pagar su amor con golpes. Para no tender su mano a alguien que la necesitaba.

Aún retumba en la mente de él el primer día que ella le dijo que le dejaba. Él se acercó a ella y mirándola a los ojos le dijo: “Si te vas, te mato”. Pocos días después Eva descubrió que la regla no le bajaba: se había quedado embarazada. ¿Pero cómo era posible si siempre habían usado preservativo? Menos una vez: aquella noche que llegó borracho… Él no se acordaba de aquello y cuando ella se lo dijo le embistió un tortazo que le lastimó el cuello, mientras le gritaba:

-“¡¡Ese niño no es mío!! ¡Me has sido infiel, pedazo de puta! ¡¡TE VOY A MATAR!!”

Ella lloraba e intentaba razonar con él que sí era suyo, pero él más le gritaba y más golpes le daba. Golpes que hacían retumbar a todo el bloque, y llegaba hasta los oídos sordos de sus vecinos que no hicieron nada.

Y fue un día gris de otoño cuando todo llegó a su final. Él había bebido, se había pasado toda la semana pegándole por sus estúpidos celos, por su supuesta dominación sobre ella: por su cobardía. Eva estaba cansada de intentar huir de esos golpes, de esconderse tras el sofá, en el baño, en la habitación… de no poder salir a la calle. Pero él nunca tiene suficiente: siempre encuentra algo mal hecho en sus actos y esta vez no iba a ser menos: el simple hecho de no llevarle la comida a su sitio en la mesa fue el determinante para que se levantara y fuera a darle la última paliza de su vida. Pero Eva se dirigía hasta él con las manos ocupadas, no podía defenderse: no lo necesitaba. Esta vez sus golpes serían certeros. Esta vez sería Eva quién golpearía, tan sólo tenía que apretar el gatillo con las pocas fuerzas que le quedaban tras tantos golpes en su cuerpo.
 
Y eso fue lo que hizo: apretar el gatillo, disparar al corazón de su pasado, pues, ese ser no podía considerarse ni siquiera hombre.

Hoy ha sido un día gris tintado de rojo en la vida de Eva.

Mañana al despertar todos los titulares dirán que fue un asesinato: pero sólo fue una defensa.

8 de mayo de 2010

Ni Una Más - I

Aquella noche la asaltó un extraño ruido. Su marido volvía a estar en casa y por los sonidos que estaba haciendo: borracho. Cuando se casaron él era todo lo que una mujer podía desear: atento, cariñoso, amable, nunca tuvo celos, jamás probó el alcohol… era tan especial que nadie podría haber imaginado que acabaran así. Su relación de novios duró siete años, los dos últimos los pasaron viviendo juntos y ese fue el empujón necesario para que decidieran casarse. Todo era mágico en aquellos días, hasta que la rutina fue ahogando cada instante.

Al principio sólo cambió en que estaba más interesado en salir con los amigos. A ella no le importó, pues él siempre la había dejado salir con las amigas sin hacerle ninguna pregunta. Más tarde, a los meses, empezaron algunas preguntas por parte de él, esas preguntas la incomodaban a ella pero callaba: ¿a dónde vas?, ¿con quién vas?, ¿cuándo vuelves?… A pesar de todo no le dio demasiada importancia. Seguía sin preocuparse de aquellas preguntas, aunque algunas veces él llego a decirle que su ropa era demasiado provocativa, que ella no era una simple furcia de cualquier esquina sino que era su mujer, y su mujer se vestía como él le decía y se recogía cuando él lo decía.

Lo que antes eran palabras ahora se convertían en voces, en gritos, en puñales de voz que atravesaban el corazón, pero ella no hacía nada: lo veía normal. Llegó a pensar que en los últimos meses le dedicaba poco tiempo a su marido; por eso, cuando las amigas le llamaban para salir ella les decía que no. Eva les decía que se encontraba cansada, que otro día se verían. Y mientras tanto él quedaba con sus amiguetes para tomarse un par de cervezas y por primera vez llegar a su casa borracho. A penas podía mantenerse en pie cuando llegó a su piso. Ni siquiera podía abrir la puerta o tocar el timbre, y sin importarle si los vecinos pudieran escucharlo o no comenzó a llamar a Eva a voces en el rellano, mientras daba golpes en la puerta:

-¡¡Eva!! ¡Ábrele a tu marido, joder, que estoy en la calle! ¡¡Ábreme la puta puerta!! ¡¡¡Eva, o me abres la puerta o te mato!!!

Esa fue su primera amenaza, pero Eva no le abría la puerta no podía escucharle se había quedado dormida en la habitación, y fue cuando la despertó aquel extraño ruido: unas voces. Su marido había llegado y estaba borracho. Ella fue corriendo a abrirle la puerta, temiendo que los vieran o escucharan los vecinos, pero a él no le importaba nada; cuando consiguió entrar a su casa le dio un empujón y la tiró al suelo mientras le decía:

-Para que aprendas que cuando yo llegue quiero me que abras la puerta y no me hagas esperar, puta de mierda.

Tras aquello él se metió en la habitación y se durmió como si nada, sin pensar en lo que había hecho. Al día siguiente cuando se levantó con un dolor de cabeza se encontró solo en la habitación; Eva había tenido que ir a urgencias aquella noche: se había roto un brazo con el golpe pero allí al médico que la atendió no se lo dijo, tan sólo le dijo que se resbaló cuando estaba fregando el suelo. Hecho que al médico resultó raro pero no dijo nada. Pensó que los problemas de su paciente no eran cosa suya: él bastante tenía ya con los suyos, la escayoló y le dejo que se fuera sin más preguntas, ni más investigación. Cuando ésta llegó a casa su marido estaba esperándola con el semblante serio y cuando la vio le pidió perdón por lo de la noche anterior jurándole que no volvería a pasar y que mientras estuviese escayolada él se dedicaría de las tareas del hogar para que ella descansase.

28 de marzo de 2010

Loving Beyond...

La echo de menos, la dejé marchar aquella tarde en aquel tren, se marchó y yo no hice nada para evitarlo. Ni siquiera pude decirle que la amaba. No, yo nunca he tenido el valor necesario para estas cosas. Recuerdo su mirada, esos ojos verdes jamás se borrarán de mi mente, y esas palabras: su declaración de amor días antes de coger el tren. Yo sólo la besé, pero no dije nada.

Ella me abrazó y yo sólo pude corresponderle el abrazo, pero seguía sin musitar palabra. Ambos cuerpos muy pegados, muy intensos, ella sintiendo algo por mí, y yo por ella. La única diferencia entre los dos, es que ella había declarado su sentir, mas yo no. Sin embargo, ella sí sabía lo que yo estaba sintiendo en ese abrazo, supongo que ese instinto animal siempre nos puede delatar a los hombres en el abrazo a esa chica que te gusta, o a cualquier mujer algunas veces.

En ese momento nos dimos -sí, nos dimos- cuenta de que estábamos empatados en información de nuestro sentir. De una forma o de otra, ella sabía lo que yo quería que sucediera aquella noche. Y yo, por otra parte también tenía la certeza de hasta dónde podría llegar nuestra última noche juntos. Y eso fue lo que sucedió. Ella volvió a tomar la iniciativa y yo a no decir nada. Ella tan sólo me dijo:
-Deja que nuestra última noche juntos sea para el recuerdo. Ven, deja que fundamos nuestros cuerpos, yo lo necesito y tú también.

Ahora, tras tanto tiempo, y como ella dijo todo lo que pasó en su habitación, bajo la mirada helada y fría de aquellos grupos de heavy metal inglés, ha permanecido, y sé que lo hará por siempre, en mi recuerdo. Aquella sensación de dos cuerpos en uno fue mágico. Como mágico e indescriptible es llegar al fin al unísono, sentir de verdad la compenetración. Dos cuerpos en uno. Dos almas unidas para hacer temblar a un Dios que los separó... No sé que habrá sido de ella, no sé si seguirá pensando en mí...

                                      

Han pasado quince meses desde que lo dejé allí, ahora, nuestro hijo tiene casi seis meses, sin embargo nunca ha visto a su padre. Pero todo eso ha de cambiar. Estoy cansada de que mis padres me digan que de el niño en adopción, que me dijeran que abortara, que en este pueblo no podía vivir con un embarazo y sin padre. Y ahora me dicen lo mismo, que la gente del pueblo habla, que comentan, critican... ¡¡pues que hablen joder!! Yo sólo sé que es mi hijo y que tiene un padre, me da igual lo que piensen los demás, lo quieran aceptar o no. Quieran hablar de si soy tal o cual, me da igual.

Sin embargo, mis padres no lo quieren aceptar, y sobretodo mi madre. Ella es a la que más daño le hacen las críticas, por eso lo he decidido, mañana por la mañana temprano, cogeré a Dennis y marcharé a vivir junto a su padre. Le diré que es hijo suyo y que el nombre se lo debe a uno de los primeros guitarristas de Iron Maiden, él sabrá entenderlo. Sabe de mi amor por el heavy metal británico.

Aunque sé que es muy posible que en estos quince meses él ya haya rehecho su vido junto a otra chica, realmente no sé si sentía por mí lo mismo que yo, o si sólo fue al unir nuestros cuerpos en aquel abrazo lo que despertó todos sus sentidos...  no lo sé... Tampoco sé si querrá creerme, pero sólo hice el amor con él antes de venir, y desde que estoy en el pueblo he estado embarazada... sólo ha sido con él en los últimos meses, tendrá que creerme, es la verdad. Por otra parte algo dentro de mi corazón me dice que sí me creerá, que sabrá la verdad nada más ver a Dennis... que me ama como yo a él.

¿Pero, cuál de las dos voces escuchar? ¿Cuál de las dos tiene razón? No lo sabré hasta que vuelva a su lado...

9 de marzo de 2010

Rutinas

Como cada miércoles por la tarde se duchaba y se vestía con la ropa más nueva que encontraba en el armario. Siempre era la misma ropa, la de los miércoles. Él sabía muy bien que sólo ese día sería cuando podría encontrarla, el único día de la semana en el que, de verla, acallaría su corazón. Aunque en realidad ya hace tanto tiempo que está buscándola de nuevo que casi ni puede recordar su rostro. Casi ni puede acordarse de esos cabellos castaños, ¿o tal vez eran caobas? Que más da, él sabe que cuando la vea la reconocerá... ¿o tal vez ni siquiera se haya planteado eso? Sólo sabe que tiene que conducir hasta aquel bar dónde, según recuerda de la rutina diaria, estará ella, o debería estar, o llegará, o debería llegar... Ya ni siquiera lo sabe.

Como cada miércoles por la mañana se despedía de sus compañeros del trabajo, ellos ya sabían de su rutina, pero entre ellos siempre fue la locura de aquel compañero tan raro y solitario, aunque nunca se plantearon leer en su alma. Mientras que sus compañeros pensaban en su cordura, él volvía a casa temprano. Tenía que prepararse para su gran cita, una cita tan rutinaria que sabe exactamente lo que tardará en cada inspiración momento, en cada paso que da, el el número de segundos que ha de mantener dedo presionando el calentador para que no se apague la llama, todo lo tiene controlado al milímetro. Demasiado tiempo con esa rutina.

Y por último como cada miércoles por la noche vuelve a casa con su mejor ropa, impoluta como impoluto queda el vaso que jamás usará para tomarse un café aquella chica que está esperando, o el vaso de la caña que nunca rozarán sus labios. Vuelve a su casa, deja el coche en el garaje, sí, ese garaje que sólo alquilo para estas ocasiones, no puede dejar nada al azar, y la rutina ha de ser su mayor mérito, no podía permitirse que el cambiar de aparcamiento. Volvía a su casa, se quitaba la ropa, la doblaba justo antes de meterla en la lavadora, y mañana al despertar la podría, cuando llegara del trabajo para comer ya habría acabado y la tendería en el salón.

Así cada miércoles, el único día en que su vida estaba controlada hasta el último segundo, el resto de la semana él era un hombre normal, que ni siquiera pensaba en aquella chica o en el bar. Lástima, porque él aún no lo sabe -ni lo sabrá jamás-, pero si deja de ir los miércoles y va los jueves, se encontrará con ella, y sobretodo, ella lo hará con él.

...y es que, las rutinas matan el alma y el corazón.

17 de noviembre de 2009

Erasmus

¿Recuerdas cómo nos conocimos? Sí, de eso hace ya bastante tiempo, pero yo aún lo recuerdo a cada amanecer, cada amanecer que paso a tu lado. Cada amanecer y cada anochecer aquí tan lejos de lo que un día creí mi hogar.

Aquel año era mi segundo año de facultad en aquella gran ciudad, Madrid. Y yo apenas había empezado a oir hablar de la beca Erasmus. Sí, esa que hizo que tú llegaras hasta este país perdido en el mundo, tan cálido y distinto al tuyo. Fue en los primeros meses del primer cuatrimestre cuando te vi por primera vez en clase, para serte sincero me extrañó ver alguien como tú allí. No eras muy distinta a las demás chicas pero sí lo suficiente como para destacar un poco: tenías una piel clara y unos ojos verdes preciosos. Tu pelo moreno y largo te caía detrás de los hombros hasta la media cintura. Me impactaste qué quieres que te diga. Además, todo esto ya lo sabes.

A los pocos días de estar allí en nuestra universidad empezaste a saludarme y, a veces, hasta preguntarme alguna que otra cosa. No me lo podía creer, pero me encantaba vivir aquel sueño tan mágico. Pasaron los días, yo sólo podía pensar en tí, aunque te veía poco. ¿Recuerdas? Sólo teníamos dos clases en común, al venir de Erasmus desde Finlandia sólo te servían unas pocas asignaturas de la facultad, y de esas pocas menos aún eran conmigo. Pero daba igual, las pocas horas que pasaba a tu lado me eran suficiente.

Hubo un tiempo en el que no te vi por clase, pensé qeu si habías venido desde tan lejos, y posiblemente no volvieras a hacerlo, te gustaría conocer España, la verdad me hubiera gustado ser yo quién te la enseñara pero no fue así... al menos no aquella vez.

No recuerdo cuando fue el día que regresastes, pero sí que a los pocos días estando yo en la biblioteca estudiando, te vi desde lejos tú estabas allí con tu amiga, algunas mesas más lejos que yo. Estabas de espaldas a mí, no podías verme. Extrañamente eso me tranquilizó un poco. Y seguí estudiando, aunque no podía concertarme cada pocos segundos levantaba la cabeza para mirarte, y luego volvía a seguir estudiando. ¿Sabes?, no te lo he dicho nunca aún, pero todo fue muy raro. Yo estaba pensando en cómo podía buscar un motivo para levantarme y hablarte... y alcé la mirada y te ví a ti caminando hacia mí, esquivando como podías al resto de compañeros. Yo no entendía muy bien aquello tampoco. Pero, estaba pensando en cómo podía acercarme a tí, y fuiste tú quién lo hizo...

Me comentaste que aquella noche íbais a tomar unas cañas; sí, no puedes imaginar la gracia que me hizo que dijeras cañas, algo tan español; con unos amigos y que si yo quería ir con vosotras. Te dije que no, te mentí, te dije que tenía que irme a mi casa, y tú muy triste me pregutnaste si no podía esperarme un poco e irme más tarde, negué con la cabeza y te fuiste de nuevo a tu sitio diciendo, "bueno otra vez será".

Yo me quedé dubitativo, pensando en porqué te había dicho que no, si dentro de mí todo me llamaba a decirte que sí, que contigo a cualquier lugar. Que me moría de ganas por haber vivido algo así contigo, y ese fue el motivo que encontré para acercarme a ti. Te iba a decir que sí, que me iría contigo a tomar esas cañas, a pasar un buen rato a tu lado, y luego lo que surgiera. Aunque esto último me lo callé, pero lo pense. Te pregunté el nombre, Inkeri, me dijiste. Y me sonó tan raro que tuve que volver a preguntárle, pero conforme pasaba aquella noche me iba haciendo más a aquel nombre, e incluso llegó a gustarme tanto como el de Tarja Turunnen. Aquella noche pasó lo que tenía que pasar, lo que el cielo y las estrellas nos dejaron que hiciéramos bajo la tenue luz de sus pieles, bajo la incesante mirada de nuestros ojos.

Bebimos, nos conocimos más a fondo, nos besamos, nos fuimos solos a tu apartamento de erasmus, y allí en la terraza de tu edificio hicimos el amor. Era una noche fría pero no nos importó, el calor de nuestra piel hacía mermar el hielo. El fuego de nuestra pasión evitó que pasáramos ese frío de diciembre (sobretodo yo, tú deciás estabas acostumbrada a esas temperaturas, pero no a sentirlas tan cerca de tu piel), pero no pudo evitar que nos resfriaramos aquella noche. A la mañana siguiente me dijiste que cuado acabara el semestre te tendrías que volver a Finlandia. Yo te pregunté si no había opción de alargar la estancia, y desde aquel día estuvimos moviendo todos los hilos necesarios para ampliar la beca Erasmus por el resto del año. Para estar más tiempo juntos. Fue difícil ampliarla, había demasiadas pocas asignaturas que te servían para poder quedarte, y eso lo sabían allí en Vaasa, pero finalmente lo logramos.

Al año siguiente fui yo quién pidió la beca Erasmus para irme a Vaasa, tendría que aprender finés, pero no me importaba tú ya me habías dado algunas lecciones aquí en España. El año pasó todo lo bien que pudo pasar a tu lado. Y recuerdo que cuando acabó mi beca, volví a Madrid y pedí un traspaso de expediente con Vaasa, me iba a vivir allí a tu lado, lejos de todo, y todo gracias a unas cañas. Por eso hoy, tras cinco años viviendo juntos, tras el nacimiento de nuestro primer hijo...

Gracias por todo lo que me has enseñado en este tiempo, gracias, Inkeri, por tu amor y por acercarte a mí, aquella casualidad marcó el resto de mi vida.

10 de noviembre de 2009

Una Mirada

Ha pasado mucho tiempo desde su última vez, ella quiere creer que han sido pocos años, pero en realidad han sido varios lustros los que han estado separadas. Su amor era envidiable desde fuera, y desde dentro también. Ellas pensaban que nadie podría cambiarla. Y tenían razón: nadie la cambió. Sólo el tiempo y la distancia fueron los que la hicieron: igual que ellos las separaron, ahora el destino las vuelve a unir lejos de aquella ciudad de aguas claras y montañas a ras del mar.

Habían empezado su relación por azar tras una mirada. Laura se cruzó con los ojos de Ana, con una sonrisa. Y Ana no pudo resistirse, en el instante cuando iban a separarse sus miradas la invitó a un café, daba igual que no se conocieran de nada, ya que Laura lo aceptó. Allí, en la cafetería, fue donde empezó su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera eran diferentes al resto, pero es que la gente no alcanzaba a entender su amor, y mucho menos su magnitud. Ellas eran más fuerte que todas esas voces que intentaban hacerles creer que su amor estaba mal, Ana y Laura sólo sabían que se amaban y lo harían siempre, sin importar nada.

Laura aún recuerda, como si hubiese sido ayer, cuando estaban sentadas en aquel sofá de su casa, viendo la televisión y Ana recibió una llamada de trabajo, era su jefe. Le decía que al día siguiente tenía que hablar con ella, quería ofrecerle una oferta de trabajo, según él, muy interesante. Pero para Laura no tanto. La noche siguiente Ana le se lo comentó: la oferta era irse a trabajar a Helsinki, prácticamente le cuadruplicaban el sueldo, y ella aceptó. Se iría dentro de un mes, según le prometió a Laura, en pocos meses estarían juntas de nuevo.

Durante aquel mes vivieron su amor como nunca antes lo habían hecho. Ninguna de las dos quería que llegara el día de la separación; a corto plazo sería duro estar lejos, pero a largo para las dos sería o mejor, con ese dinero extra podrían casarse: la boda que tanto había soñado, una boda por todo lo alto. Pero para ello necesitaban el dinero de Helsinki. El día que se fue Ana era mediados de octubre, en principio para San Valentín volverían a estar juntas de nuevo en España, incluso se verían en navidad...

Durante las primeras semanas hablaban todos los días por internet, permanecían en contacto. Pero a veces las horas no eran las más apropiadas para Laura, y otras para Ana. La diferencia horaria fue la primera excusa que pusieron para mermar la cantidad de veces que hablaban, hasta tal punto que con el tiempo sólo hablaban una vez a la semana, y aún no había llegado ni la navidad, hacía un par de meses que se había ido y ya estaban casi olvidándose la una de la otra.

Laura ya no es capaz de recordar que día fue el primero que Ana no respondió a los mails que ésta le mandaba. Como tampoco recuerda la primera vez que no le cogió el teléfono. Lo que sí recuerda es que la navidad se estaba acercando, y a pesar de haberse prometido que estarían juntas todo indicaba que no iba a ser así. Pasaban los días y tras escusas escuetas y llamadas sin descolgar les tocó pasar la navidad separadas, sin embargo, estaban en España las dos: pero en diferentes hogares.

Laura había abandonado su casa sin ninguna explicación, pero sobretodo sin ninguna información de dónde estaría. Ni siquiera se había llevado el móvil, éste yacía en la mesilla de noche, junto a su lado de la cama cómo si estuviera esperándola verla volver. Pero no aparecía, no volvía por aquella casa. Y su correo electrónico tampoco daba mucha más información, no existía, "Delivery Status Notification (Failure)" es la única respuesta que encontraba. Y nada, no tenía ninguna forma más de ponerse en contacto con ella. Intentó buscar a los padres, amigos en común, buscarla por sus apellidos, vecinos... pero nadie sabía nada, y llegó el día en que Ana tuvo que volver a Finlandia.

Una vez allí pidió quedarse fija en aquella sede empresarial, no quería volver a España sola. España ya no la siente su hogar lejos de Laura. Allí en Finlandia pasó catorce años esperando volverla a ver a ella por aquellas tierras: Ella sabe la dirección y podrá venir, pensaba. Pero Laura jamás apareció por allí. El último año llegó a perder toda esperanza, de nuevo en su trabajo la habían movido de sede, ya no tenía ninguna forma de encontrar a su viejo amor. Ésta vez había ido a Francia, a París.

Mientras tanto, para Laura esos catorce años fueron muchos menos, o eso fue lo que intentó pensar cuando coincidieron aquella tarde en la Torre Eiffel, Ana seguía igual de bella, igual de hermosa: No, no han pasado 14 años, han sido catorce segundos, pensó, sigue igual de hermosa.

Tras aquella mirada acompañada de una sonrisa, como antaño, Ana la invitó a un café y Laura lo aceptó y la siguió. Todo volvía a comenzar de cero para ellas en aquella ciudad del amor.

14 de octubre de 2009

Atracción Amorosa

Lo que me pides no puedo hacerlo, lo siento mucho. Sé que quizás tú me ames, pero lo que yo siento por ti no va más allá de la simple atracción, de ese juego que un día empezó con miradas y coqueteos y desembocó en todo esto. Quiero que sepas que lo siento, de verdad, a mí me duele tanto como a ti, pero no puedo dejarlo todo y seguirte, yo no tengo ese valor y lo que siento por ti no me lleva a hacerlo.

Recuerdo que éramos compañeros de clase, pero al principio no me fijé en ti yo tenía una novia, la que sigo amando ahora y tú me pides que la deje para irme a tu lado. Todos los chicos decías que estabas muy buena, así sin más. Decían que tenías buen cuerpo, y en esos momentos comencé a fijarme yo también, te miraba cuando tú no te dabas cuenta, buscaba tu cuerpo y tus curvas cuando todos descansaban de mirarte, quería que fueses sólo para mí. No lo conseguía. Con el tiempo empezamos a hablar, éramos compañeros de clase y era lógico que tuviéramos que pedirnos apuntes y esas cosas.

Del compañerismos surgió la amistad, y de la amistad el roce, del roce el deseo y del deseo nuestro primer beso. Pero antes de ese beso ya había conseguido agarrarte por la cintura, sí, no sabía el motivo pero te agarré lentamente por la cintura y fue una sensación sin igual, tú me la devolviste con una sonrisa… Y en aquel entonces, con tu sonrisa había descubierto que además de un cuerpo precioso tenías unos ojos que hipnotizaban, y yo siempre fui fácil de hipnotizar. Te acercaste a mí con tus ojos, buscando algo, pero yo no te lo di, sin embargo sí te di un beso, y no sé por qué, yo tenía novia en aquel entonces y la sigo teniendo ahora. Además tú también lo sabías, sin embargo no rehuiste de mis labios, no sé porque. Cómo dijo aquel escritor argentino de bahía, por un segundo lo olvidamos.

Desde entonces hasta la próxima vez que volvimos a hablar pasó algo de tiempo, un par de semanas, yo nunca le dije nada a nadie, y mucho menos a mi novia. No sé si tú lo hiciste, jamás te lo pregunté, no soportaría saber que alguien más sabe que fui infiel. Pero volvimos a encontrarnos y volvió a suceder, esta vez con más ansia, con más deseo y no fueron sólo besos. Tú lo recordarás tan bien como yo, cómo nuestras manos recorrían nuestros cuerpos, esa fue la primera vez pero no la última.

En este tiempo hemos llegado a hacer el amor, varias veces, no nos bastaba con nuestros besos para desfogar la pasión, ambos necesitábamos más, pero cada uno por una razón distinta, tú por amor, yo por lujuria. Para hacer el amor sintiendo algo por la otra persona ya tenía a mi novia, que la engañaba, la engañé mucho pero la amaba. ¿Sabes? Ella me ama y no puedo dejarla tirada por todo esto.

No puedo seguirte más, lo siento, cuando todo empezó yo no era consciente de que podríamos llegar a tanto, yo ni siquiera sabía que tú me estabas amando, y es que yo sólo miré tus curvas y tus ojos, la forma de hacerme el amor, y no te pedía nada más que no fuese sexo y besos, pero tú siempre quisiste más y yo no supe verlo, y ahora me doy cuenta, tarde pero me doy cuenta: quieres que deje a mi novia y me vaya contigo, que hagamos una vida juntos, pero lo que me pides no puedo hacerlo. Lo siento, tú para mí sólo fuiste un deseo, una ilusión que sé no debiera haber probado nunca pero lo hice.

Mañana todo será igual, sólo seremos un recuerdo por eso no te preocupes. No nos volveremos a besar, al menos no si me pides amor, o si me pides que la deje. Yo no puedo hacerlo, jamás lo haré, la amo… pero, seguramente ella me deje cuando se entere de lo nuestro, entonces no sé que podría pasar entre nosotros dos.

Jamás debí agarrarte por la cintura y mirarte tan fijamente a los ojos, jamás te debí besar.

5 de octubre de 2009

Indiferencia

Ella era mi prima, sin embargo ese detalle no fue un impedimento. Había conseguido enamorarme con sus curvas, y su indiferencia hacia mí…

Nos veíamos poco, y cada vez que lo hacíamos más me gustaba. Es todo muy difícil de explicar. Ella es algo menor que yo, un par de años, y es perfecta para mí… si no fuéramos familia… si tuviera el valor para decirle lo que siento sin temor a lo que piensen de mí mis padres o los suyos. Si pudiera mirarla y ver más allá de su indiferencia, me arriesgaría por ella, pero así no soy capaz.

Tampoco recuerdo con seguridad cuando comenzó a gustarme y empecé a desearla. Quizás sería a los 15 o16 años, yo no tenía mucho trato con ella, pero apareció en el funeral de mi abuelo –tío abuelo suyo– y entonces vi su cuerpo, aún era una niña, pero se estaba empezando a desarrollar y me dejó helado. Tan sólo nos rozamos con dos besos, pero dejó su olor en mi piel y unas ansias locas de probar su cuerpo.

Días después le pregunté a mi madre por ella, por su padre… y me estuvo contando muchas cosas, incluso prometió que un día iríamos a verla. Pero ese día se demoró casi un año, por suerte para entonces mi prima había seguido desarrollándose y estaba aún mejor de lo que la recordaba. Aquel día también pasamos algún tiempo juntos, en la misma habitación, pero por más que intentaba robarle miradas, o sonrisas, no pude conseguir nada de ella, ni siquiera una sonrisa. Tan sólo, como la primera vez, dos besos y llevarme el deseo de gozar de sus labios más allá de la cortesía.

Meses más tarde después de aquel encuentro falleció la abuela de ella, esta vez, tía abuela mía. Y como ellos hicieron cuando murió el mío, mi familia y, por supuesto, yo fuimos a darle el pésame. Sé que no debería haberme fijado en ella en aquel momento, igual que tampoco debí haberlo hecho la primera vez que la vi. Pero no pude evitarlo, su piel morena, y sus curvas se adueñaron de mi mente, me impedían pensar en otra cosa que no fuese ella, y ella pensaba en cualquier cosa menos en mí.

Siguió pasando el tiempo, y por fin volví a verla, no había podido quitármela de la cabeza ni un solo segundo, esta vez nos encontramos por la calle por azar, o eso era lo que yo quería que pensara ella, porque yo sabía muy bien lo que hacía y porqué estaba allí, igual que sabía que de su mirada sólo recibiría indiferencia, como si no existiera, pero también sabía que debía luchar por robarle los dos besos y acariciar su cintura suavemente… ¿Y cuál fue mi sorpresa? Esta vez no fui yo quien tuvo que mendigar los dulces besos, ella se abalanzó a mi cuello, a mi cuerpo, y me rodeó la cintura, para no darme los dos besos, ni siquiera uno en la boca, sino un beso en el cuello que dejó una marca indeleble durante un par de días. Tras aquello unas palabras de que al día siguiente estaría sola en casa…

Y eso fue lo que hice al día siguiente, ir a su casa, recibir más de dos besos, calmar por fin mi ansía de probar su sabor, de beber la miel de sus labios, apagar mi deseo de perderme en las curvas de su cuerpo, de acabar la batalla del amor exhaustos mientras disfrutaba de su cuerpo al otro lado de la cama… pero sobre todo saber que su indiferencia era sólo una apariencia que desde aquel momento deberíamos guardar los dos para siempre.

7 de septiembre de 2009

Epístola Final


Querida Dueña de Mis Tormentos:

Quiero que sepas que te cuento todo esto para que sepas porqué estaba haciendo el amor con ella cuando nos descubriste, no quiero que te sientas aún peor ni quiero recrearme en los recuerdos y tu dolor. Sólo quería disculparme y explicarte la situación que sí era lo que parecía:

No recuerdo muy bien como, ni porqué pasé por allí aquella tarde, pero me encontré con ella. Tú en aquel momento no lo sabías, pero ella había sido mi amor platónico toda mi vida, no te lo había dicho hasta aquella tarde porqué tú para mí sólo eras una amiga que me gustaba. Más tarde me daría cuenta que por ti sentía algo más que amistad, y que tú también lo sentías por mí. Cuando la encontré sentada en aquel parque no me lo podía creer, hacía tanto tiempo que no nos veíamos que pensaba que ni siquiera me recordaría. Pero no fue así, sí me reconoció y dejando allí a sus amigos nos fuimos los dos juntos a dar un paseo.

Como te iba diciendo, me fui con ella a dar un paseo. No teníamos rumbo ninguno, ni nos importaba. Íbamos hablando sobre nuestro pasado: leves recuerdos en común, y muchos separados. Teníamos tantas cosas que contarnos y tan poco tiempo para ello que quedaron demasiadas emociones guardadas en nuestras almas. Menos una, por fin me atreví a decirle que necesitaba besarla. Esa necesidad fue devuelta por ella. Y allí, en mitad de la calle nos besamos, aunque, he de decírtelo: no la besé bien, yo no sé besar, nunca tuve la oportunidad de aprender. Ni la tendré.

Sin embargo, a ella no le importó mi poca destreza a la hora de besar y me guió hasta un portal, donde según ella vivía un amigo suyo. Pero en vez de visitar a su posible amigo nos pusimos a hacer el amor con la pasión y torpeza de dos jóvenes quinceañeros que lo hacen por primera vez. Estábamos en el rellano de aquel bloque sin saber muy bien qué hacíamos y sin saber muy bien el lugar dónde estábamos, al menos yo no tenía seguro ninguna de las dos cosas. No recuerdo bien el momento en que te vi aparecer escaleras abajo, pero eras tú y te quedaste paralizada al verme allí haciéndolo con aquella chica, cuando pudiste reaccionar te fuiste con lágrimas en los ojos sin decir nada.

Yo también me quedé atónito, no tanto como ella que pareció no sorprenderse por lo que pasaba. Me despedí de ella y la dejé allí igual que dejas a una ramera cuando has tenido sexo de una noche con ella, y fui en tu búsqueda. Ahora era ella la que estaba desconcertada, podía estar embarazada de mí y yo la había dejado sólo con un adiós, sin dejarle tiempo a decir nada más. Cuando bajé a la calle no sabía a dónde ir, ni siquiera sabía dónde estaba. Vagando por las calles logré reconocer algunos lugares de la ciudad, y te vi a lo lejos y cuando me acerqué a ti tú me esquivaste, me echaste de allí y yo no entendía muy bien la situación.

Más tarde comprendí que me habías echado de allí porque tú también me amabas, tanto como yo a ti, pero esa tarde yo había cumplido mi sueño de juventud por fin, y había probado por primera vez el sabor de unos labios y la sensación de hacer el amor con una persona que no eras tú. Sé que nunca me lo podrás perdonar, y que nunca me hubieras dejado que te diese esta carta en mano, por eso, la dejé aquí en tu portal dónde me descubriste amando a otra persona. Lo siento, siempre serás la dueña de mis tormentos.

PD: No te buscaré más en este mundo, ya es tarde para darnos una oportunidad. Quizás en el más allá tendremos la oportunidad de estar juntos.

8 de agosto de 2009

Miradas Cómplices

Miró el reloj, eran las seis y veinte; la conferencia empezaba a las seis. Y, a pesar de que la universidad, de estar sólo a diez minutos de su casa, decidió salir en aquel momento. Estaba nervioso, tenía miedo, pero no era un miedo escénico, pues, la conferencia no la daba él. Pero, estaba seguro que la vería a ella; ella era la que organizaba aquella conferencia. Ella, su amor platónico, desde la primera vez que la vió, y habló con ella por casualidad, en los pasillos de aquella facultad. Aquella vez imaginó, que sería diez años, o quizás doce, mayor que él.

Cuando llegó no había demasiada gente, así pudo sentarse cerca de la tarima, sería un buen momento para dejar a un lado la vergüenza, y quizás, volver a hablarle tras tanto tiempo. Claro, eso siempre que se acordase de él; algo, quizás, difícil pues pasó demasiado tiempo. Inmerso en aquellos pensamientos, no pudo notar que la sala se había llenado de gente. Y, ella, habia pasado por su lado, sin que ninguno de los dos se percatara de la existencia del otro.

El balbuceo de la gente llegó a ser tan insoportable que le impidió seguir pensando, miró el reloj, y eran las seis y diez; "Ya debería haber empezado, se están retrasando", pensó. Y acto seguido, como si le hubieran leído el pensamiento, comenzó la conferencia. Y, allí estaba ella, en la tarima. Presentando la conferencia, anunciando al resto de conferencias, pero él, no pudo enterarse, no le importaba, él sólo quería verla a ella.

Si cabía, ella estaba más bella de lo que recordaba, aquel pantalón vaquero negro, y aquella camiseta, con ese escote, grande, pero no tanto como para verle los pechos. Provocativo, y a la vez casto... Ese escote que le dibujaba aquellos maravillosos senos, ni grandes, ni pequeños... Aquellos pechos que le habían quitado tantas noches de sueño... Encima de aquellos pechos, sus ojos, cual luceros, esos ojos con los que soñaba cruzar una mirada, y devolverle la sonrisa a su boca, mientras sus ojos, sus ojos castaños, unos preciosos ojos.

Pero, aquellos ojos no cruzaron miradas, él creyó que ella lo esquivaba, pero, era difícil saber eso, pues había demasiada gente como para fijarse en alguien, estaba demasiado nerviosa para pensar en cualquier cosa. Al final, tras el intenso trabajo de ella, todo salió, bien... pero, ¿Realmente salió todo bien? ¿O sólo fue la onferencia? Pues... aquel chico al acabar la conferencia se fue de allí, triste, muy triste, porque, habían estado a escasos metros, él la había mirado a los ojos, había intentado sonreirle, pero ella, no se había inmutado...

Aquel chico perdió la ilusión del amor, y todo, por una mirada cómplice, que nunca se dió...

28 de junio de 2009

Otro Amanecer

Hacía pocos meses que había llegado hasta aquel bloque de pisos, mi familia siempre había vivido en el otro lado de la ciudad, en el lado sur, y ahora, yo me independizaba en el norte. El piso cuando lo vi me gustó demasiado, no sabría la razón de porqué fue así, pero me enamoró, tenía algo mágico; por eso, a pesar de la crisis me decidí a comprarlo como fuese. En el banco, al principio, no estaban muy dispuestos a darme la hipoteca, pero, en cuanto les dije quienes eran mis padres, y que firmarían como avales cedieron.

Aún hoy, en la noche, en la soledad, en la espera, recordaba cómo fue aquella mudanza en la que se perdieron algunos recuerdos, o eso decían los transportistas que se perdieron… pero daba igual, podría crear otros nuevos. ¿Quién necesita recuerdos? Crearé otros… Y eso es lo que estaba intentando hacer desde que llegó. La primera noche que estuvo allí hizo una pequeña fiesta para celebrar que había llegado, invitó a pocos amigos, pero menos fueron. También invitó a sus nuevos vecinos, y también fueron pocos, sólo una vecina de pelo rubio y ojos claros, parecía del este de Europa, pero a la vez parecía española, y por su acento latina…

Pero, en aquel momento allí quedó su encuentro en unas pocas palabras y un par de sonrisas, él estaba pletórico por haber llegado a la casa de sus sueños, y ella, estaba distraída de la rutina de siempre, como decían Barón Rojo, grupo que no dejó de sonar en toda la noche, y semanas después sería la banda sonora de sus recuerdos… Tras aquella noche, que acabó al amanecer del día siguiente, empezaron a nacer sus nuevos recuerdos, su nueva vida…

A pesar de que el banco no quiso darle la hipoteca él era un chico trabajador que trabajaba de 8 h. a 20 h., de lunes a viernes, la misma rutina… los mismos compañeros desagradecidos, y el mismo jefe egocéntrico que no tenía mayor mérito que haber nacido hijo del director de la empresa. Pero, su mundo estaba dispuesto a cambiar. Hacía varios años que había cortado con su chica, ese era un motivo por el que quería dejar atrás el sur de su ciudad, ella vivía allí.

Los primeros encuentros con sus vecinos eran fugaces, tan fugaces que ni siquiera se saludaban, excepto aquella mujer de pelo rubio; Tarja le dijo un día que se llamaba. De padre finlandés y madre española, de pequeña se había ido a vivir a Bahía Blanca. Y ahora estaba de nuevo en España con su hijo y su marido… y eran felices, o eso le dijo... Pasaban los días y misteriosamente coincidían más: Primero fue al llegar del trabajo ella llegando de la compra; luego, todos los días igual; empezaron a coincidir a las ocho de la mañana; a la hora del almuerzo… Y ella siempre le miraba, le saludaba y le sonreía.

E inevitablemente llegó el primer beso por parte de Tarja, él se quedó un poco paralizado, pero no pudo resistirse, y la agarró con fuerza, pero tan rápido como la agarró la soltó y separó. Hacía meses que no había tenido una relación con una mujer, pero Tarja era distinta estaba casada y con un hijo. Él se fue, pero le dijo que estuviese tranquila que no diría nada. Pasaron los días entre los dos, y no se volvieron a ver… pero cuando Alberto tenía desvanecida toda esperanza de reencontrarla, por que en el fondo le había gustado el beso, llegó ella por la espalda.

Alberto estaba entrando en su piso, y Tarja lo abrazó sin que él pudiera hacer nada y entraron en el pasillo, ella cerró la puerta antes de que pudiera verlos nadie. Y él, ya se había dado cuenta de que había sido ella la que le había empujado y por eso no gritó ni se asustó. Tan sólo quería preguntarle que quería, pero no le dio tiempo, su boca estaba siendo asediada por unos labios que le buscaban con deseo. Esta vez no podía resistirse a aquellos labios… a aquel cuerpo que le buscaba con desesperación… aquel instinto tan ansiado y que hacía recordar viejos recuerdos ya olvidados.

Ella le dijo ir a su cuarto, él cedió a la proposición, pero antes, encendió la minicadena, eligió el CD2 y buscó la canción 3, le haría el amor, pero ella tendría que mirar más allá y escuchar la letra de aquella canción:
"Dame la oportunidad de mostrarte cómo soy. Ábreme tu corazón, déjame vivir en él. Tal vez sea diferente, pero no va a ser peor que la rutina de siempre… Dame la oportunidad de cambiar tu realidad… Dame la oportunidad de llegar hasta el final…"

25 de mayo de 2009

Orfeo y Eurídice

Cuenta la mitología griega que Orfeo hijo del Dios Apolo y la musa Calíope era un poeta y músico, pero su habilidad era tan inigualable que cuando tocaba la lira, que le regaló su padre, los hombres se paraban para calmar sus almas, los animales se acercaban a escucharlos y la naturaleza se detenía para no interrumpir su melodía. Quizás fue en una de esas ocasiones cuando la ninfa Eurídice, y de entre todas las ninfas y mujeres que gustosamente habrían yacido a su lado, él eligió a esa dríade. Tanto era su amor, que se casaron. Gracias a aquel amor Orfeo pudo cantar las canciones más hermosas jamás oídas, las notas más dulces jamás escuchadas sólo comparables con la belleza de su amada.

Un día, sin embargo, su amor cayó en desgracia, el hermanastro de Orfeo, Aristeo estaba de paso por el Valle de Tempe, y allí vio a la Eurídice, él, ensimismado con su belleza, la siguió, y ella en su intento de huída pisó una serpiente que le mordió en su pie y murió en aquel instante en aquel lugar, lejos de su amado. Su alma acompañó a Hades y Perséfone dueños de las almas de los que tiempo atrás fueron mortales.

Bella alma en triste lugar, ¿por qué fuiste a parar ahí? Cantaba Orfeo a cada instante. Ciego de amor, haría cualquier cosa por volver a ver su amada, y es algo que los dioses bien sabían. Sus cantos fueron tantos y tan triste que los mismos Dioses le aconsejaron que fuera al Inframundo a pedirles a los amos de él, que le devolvieran su amada, nunca nadie había regresado del submundo, mucho menos acompañado, mas en su corazón no ve imposibles, sólo halla la tristeza de estar lejos de su amada.

Desgarrado por el dolor, marcha cual alma en pena, cual ánima que busca su fin hacia el Ténaro, la puerta que le llevará de nuevo junto a Eurídice. Uno de los impedimentos que encontró fue Caronte, quién no estaba dispuesto a transportarlo en la barca, mas Orfeo, con su melodía logra disuadirle y al cruzar Estigia, Cerbero intenta atacar, las tres cabezas no desistirán tan pronto como Caronte, mas la música de Orfeo, tiempo atrás detuvo hasta la naturaleza, ahora, triste y melancólica, puede hacer estremecer de dolor y mostrar compasión en un ser que no dispone de ella. Con su lira y las palabras de amor amansa al can, y consigue hacer llorar a los tormentos, por primera y única vez, cómo él será el primero en salir de aquel lugar. Los peligros que se le presentan, logra vencerlos todos, no sin dificultad.

Dispuesto frente a frente con los Señores del Averno, clama por recuperar a su amada, la moiras fueron injustas con su amada, aún no le llegó su hora suplica Orfeo entre notas de su fiel instrumento. Pero los ojos de Perséfone se mantienen inmunes, ningún alma regresará de nuevo a la luz de la tierra, le grita. Orfeo, con toda esperanza perdida; su llanto, su música, su don los ve inútiles; recurre al corazón de los verdugos, y les recuerda que tiempo atrás, también ellos fueron separados, y su amor los unió. Hades, finalmente accede dejarles marchar pero con la única condición de que Orfeo no mirará atrás hasta que la luz del día, la luz de la vida, rodee por completo a Eurídice, de lo contrario, la dríade se esfumara cual humo en una ventisca. Si su amor es tan fuerte como se les hace presentar, confiará en ellos.

Logran cruzar todos los peligros, logran dejar atrás las almas que buscan perdón, a veces, incluso llegan a detenerse, Eurídice no está aún con la suficiente fuerza como para atravesar el Averno a los pasos de Orfeo, por eso, él espera con la mirada siempre al frente. A lo lejos, ya se puede divisar la salida del Ténaro. Ha conseguido salvar a su amor, cree, pero un instante antes de que su amada salga por completo del Reino de Los Muertos Orfeo gira su rostro, creyendo que su amada ya cruzó. Clava su mirada en Eurídice, y ésta se desvanece en el aire, se evapora como la niebla que antes dejaron atrás, pero no le importa pues sabe que su amado le sigue amando, sabe que se giró para besarla. Ella sólo pudo decir Adiós.

Orfeo siente que perdió a su amada se fue por segunda vez. Cambia de rumbo, regresa a Estigia, a pedirle al barquero que lo vuelva a cruzar, necesita estar con su amada, pero este le niega el deseo, y ya nada hay que hacer. Allí estará siete noches llorando, alimentando a la Laguna con la desesperación del alma que una vez lo tuvo todo y lo perdió, alimentándola con lo mismo que él lo hace, con lágrimas.

Cuando decide volver a Tracia, sabe que no podrá hacer nada para estar junto a su amada. Sus pesares son más tristes que antes de su primera marcha y niega todo amor, hiere los corazones. Tantos corazones que estos son su muerte. Las mujeres a las que rechazó desean que sus notas sean para ellas, él no cumple su deseo, y para hacerlas marchar, con una dura piedra toca su lira, ésta grita más que las almas en pena, las mujeres, desoladas por la actuación del poeta, lo lapidan con las piedras, ahora tornadas en rojo como su lira, gracias a la sangre derramada del músico. Dejan su cuerpo allí descansar, no su alma, que presta emprende el camino ya conocido.

Eurídice, muerta por segunda vez, espera en el otro extremo de Estigia, aguarda en el Submundo a poder reunirse con Orfeo. Sabe que Hades no dará una segunda oportunidad, su mente no comprende cómo pudo dar la primera, pero no le importa sabe que el amor de Orfeo es cierto, tan cierto como que está muerta por segunda vez. De repente unas notas de música, una lira empieza a sonar… quizás… sí, quizás sea él.

El poeta, ya muerto, conoce al camino, y presto se dirige a reunirse con ella, fundiéndose en un apasionado abrazo para la eternidad.


15 de abril de 2009

Sheela


Tan sólo con su recuerdo mi cuerpo ya tiembla de vergüenza, cuando estaba a su lado no podía ni hablar, ni mirarlo, y si la sentía lo suficientemente cerca, intentaba dejar de respirar para que no sintiese mi hálito. Y, si hubiera podido, hubiera parado mi corazón para que no me delatase, pero era inútil. Ni siquiera él con su mirada podía conseguirlo. Poseía todos mis sentidos uno a uno hasta anularme.

Y aún hoy, cual fría piedra que corre por mis venas, cual denso y oscuro marmól que es mi piel siento su recuerdo, yo una diosa, una deidad del Cielo. Él un simple mortal... Jamás entendí, ni he logrado entender aún, cómo caí en aquella tentación, tal vez fue su belleza, su ímpetu. O quizás fuera la osadía de desafiar a mis superiores, pero, aquella vez, junto al alba... nos fundimos en un sólo cuerpo. Sus palabras de amor, sus promesas de que nada pasaría continuaron mientras llegaba la madrugada. Y con ella, la ira de mis superiores... con ella, la despedida de los amantes... con ella, mi castigo, ver vivir a mi hija sin poner hacer nada por ella, ver a mi pueblo sucumbir al dolor y el miedo.

Fui condenada en un juicio absurdo, rechazada por mis superiores por los míos, rechazada por mi pueblo... Desprecios, malas palabras por las dos partes... Fue duro. Fue un gran dolor, desgarrada de mi hija incluso, ella según él, maldito Oráculo traidor, se la quedó el pueblo. Y yo, yo sólo soy una simple estatua de mármol, una piedra inerte que, desde lo más alto del lugar, jamás podrá dejar de cerrar los ojos para ver cómo su pueblo es destruido por mi pasión. Para ver cómo ni hija, mi sangre, mi amado caen derrotados ante el miedo y las epidemias.

Ni esta impotencia que me causa la piedra, ni estas lágrimas no derramadas. Ni, siquiera, esta metamorfosis no deseada impedirán que reniegue de mis actos...

Y aunque conozco el tormento lo volvería a sufrir, si con ello, gano un solo momento de poder volverlo a sentir...

6 de abril de 2009

Gracias eigual



Con esta entrada, que dejé programada antes de irme al campo, sólo quería darle las gracias a eigual, de Escribo aquí. Quizás alguno ahora mismo no lo entienda, y si le dijo que me ha regalado, porque no está pagada con nada, una figura de Vivi Ornitier, pues tampoco le dirá mucho si nunca se ha enfrentado al Final Fantasy IX, pero si le enseño la figura de fimo, pues igual ya sí le dice algo más, ¿no?

¿A qué es precioso? Pero no sólo eso, sino que es igual que el que sale en Final Fantasy, osea este:

Yo sabía que esta chica tenía arte, pero, para ser sincero, jamás pensé que tanto. Me lo mandó el día 23 de marzo desde Barcelona hasta Vélez, y me llegó el martes 31, os juroque la espera se me hizo interminable, acabé por pensar que se podía haber perdido por correos incluso. Pero, no me llegó cuando estaba comiendo antes de irme a la universidad. Y fue el momento más feliz y más emotivo que he tenido en mucho tiempo. No puedo parar de darle las gracias. Porque ella aún no lo sabe, pero este muñeco me va a dar muchas más fuerzas de la que se ella cree (y no son pocas las que piensa, pues lo hizo con mucho cariño y mucho cariño y fuerzas me dará).

Ahora os cuento un poco de la historia de Vivi dentro del juego original, quizás os parezca que soy demasido mayor para esto, pero no puedo evitarlo, el juego me marcó un antes y un después. Si alguien no ha jugado y piensa jugar que pare de leer, porque posiblemente le desvele secretos.

Vivi era un niño de unos 9 años, que por alguna extraña razón, sólo tenía recuerdos de unos seis meses atrás de cuando vivía con su abuelo. Pero no le importaba, ni le quitaba un ápice de ilusión por la vida, ni de inocencia. Más tarde, casi por casualidad, descubre que el no nació, sino que fue creado como muchos otros y que, pronto llegaría su final, un día pronto dejaría de moverse. Y se encontraba solo, de todos los otros como él, ninguno podía hablar ni comprender sólo él. Pero con el tiempo, va asimilando la idea, se va haciendo fuerte y, por suerte, descubre a otros como él que sí viven. Y entonces se da cuenta que la importancia de vivir, es aprender y seguir creciendo cada día sin importar cuándo o cómo llegue la muerte.

Descubre la importancia de la vida... y eso a mí me dará fuerzas siempre que lo mire, me dará un motivo por el que seguir luchando día a día, por el que mañana llegar aún más lejos que ayer.

Para despedirme, no sin antes darle de nuevo las gracias a eigual, unas frases de Vivi con las que se termina el juego:

Cada día les hablada de Yitán… Les contaba cuanto nos había ayudado… Y que nos había enseñado la importancia de vivir.
No importa cuanto vive uno… sino como. Eso lo aprendí de vosotros. Me enseñasteis que la vida no tiene sentido si no nos ayudamos unos a otros.
Yo no sabía para qué había nacido… Ni quería hacer con mi vida… Vosotros me ayudasteis a averiguarlo.
Vivir haciendo sólo lo que a uno le gusta es más difícil de lo que parece… Os admiro porque siempre habéis sido fieles a vuestros propios sentimientos.
Lo único que no me enseñasteis es que hacer cuando me siento sólo…Supongo que eso lo tiene que averiguar cada uno por su cuenta…
Me alegro tanto de haberos conocido… Me hubiera gustado vivir más aventuras con vosotros… Pero… tarde o temprano habría llegado el momento de separarnos.
Gracias… a todos… ADIÓS…


(Traducción versión castellana:
Tristeza: Ser o no ser ¿Cómo podemos probar nuestra existencia?)

30 de marzo de 2009

Brisa de Otoño (V)


Nadia humedecía sus labios con la punta de la lengua, se iba acercando a Víctor… éste retrocedía poco a poco hacia la fría pared. Ella se le acercaba cada vez más decidida esa tarde algo había levantado un deseo interno en el cuerpo de Nadia que nadie podría jamás imaginar. Víctor temblaba de miedo, y ella, cada vez más cerca, tan cerca que sus pechos ya empezaban a tocarse, él opuso resistencia durante sólo un segundo, el tiempo que ella tardó en besarlo.

Cómo si el beso hubiese sido la señal de salida, comenzaron otra serie de besos, a cuál más apasionado, sus manos recorrían el cuerpo del otro en cuestión de segundos, pero palpando, sintiendo, disfrutando y excitándose con cada parte del cuerpo de quién recibían sus besos. Nadia le borró la camiseta, él no opuso resistencia. Ella se desabrochó la camisa, Víctor estaba inmerso en recorrer su cuerpo y no podía pensar en otra cosa, ni siquiera en quitarle el sostén para disfrutar de aquellos pechos, también tuvo que quitárselos ella, y entonces fue cuando lo vio: Nadia gemía, sus senos se alzaban al compás de su respiración. Víctor estaba absorto en la imagen y ni siquiera se dio cuenta de las intenciones de ella.

Cuando reaccionó se encontraba en el cuarto sin sus pantalones de pana y Nadia sentada encima de su cintura aún con la falda y el pecho al aire… Ella tan sólo le dijo, “en la mesilla de noche, en el primer cajón hay condones”. Y mientras buscaba los condones ella se reincorporó un poco, se recogió el pelo, y con suaves besos recorrió su cuerpo, llegó a su sexo: empezó a lamerlo con aire juguetón; luego con avidez. Él se desconcentró, no podía encontrar el condón mientras ella jugueteaba con su sexo. Tuvo que pedirle que parase o no lo encontraría, finalmente Nadia cedió y dejó que Víctor se pusiera el condón, mientras ella se despojaba de la poca ropa que le quedaba.

Llegó el momento, hicieron el amor. Él jamás había sentido tanta pasión recorrer su cuerpo ni tanta energía sobre sí mismo. Ella, por el contrario, parecía un poco desilusionada con la actuación de su oponente, quizás esperaba más o tal vez estaba tan acostumbrada que todo le parecía insuficiente. Pero supo disimularlo bastante bien, tan bien, que él ni siquiera se inmutó de la actuación realizada por aquella mujer; la misma mujer que ni siquiera se inmutó en aquella tarde de lujuria mal aprovechada. A los pocos minutos de empezar él ya había acabado y ella nada, pero, le engañó y le dijo que le gustó mucho, la mirada de Víctor cobró un brillo especial, estaba ilusionado, lo había hecho con una desconocida y había triunfado.

Pero, en el fondo de su corazón aún empezó a sentir unos remordimientos, sentía como si hubiese engañado a su ex novia, se sentía el ser más despreciable del mundo, y aún se sintió más cuando Nadia le dijo que eran 12.000 pesetas, y que tenía que pagárselos en aquel momento, o las cosas no irían bien para él. Víctor se quedó blanco, apenas pudo articular palabra, sólo decir: tengo tres mil sólo. Por primera vez la mirada sonriente de Nadia se tornaba en furia y enfado, las palabras de amor y el coqueteo, se transformaron en imperativos, en amenazas; él ahora temblaba aún más, estaba empezando a llorar, a suplicarle… a decirle que podían ir al banco… ella al principio no estaba muy convencida de aquello, pero finalmente cedió, y acompañó a Víctor al banco, él sacó las 9.000 pesetas que le faltaban para pagar aquella, tan gloriosa, tarde, y desaparecieron sus caminos para siempre. Sin embargo, por el camino, él le preguntó:

-¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me has engañado de esta forma, y me has besado? Por un momento me sentí el hombre más afortunado del mundo a tu lado.
-¿Qué más da, Víctor? ¿Acaso creías en las casualidades? ¿Eres tan inocente de pensar que una chica se enamorará de ti con solo verte en su portal y te subirá? Por favor, que tienes 20 años, todo lo que has visto ahí es una falsa, mi vida, mi máster… hasta mi nombre… ¿Qué clase de nombre crees que es Nadia?
-¿Pero, por qué me has besado? ¿Por qué me has hecho esto?
-Sólo lo he hecho porque necesito el dinero para vivir, porque no todo es tan fácil, tú ahora no lo entiendes vives con tus padres y todo te parece fenomenal, pero la vida no es fácil.
-Sigues sin responderme por qué me has besado… ¡Hazlo o no te pagaré!
-Ahí está el cajero, saca el dinero y deja de pensar…
-Sentenció ella, en aquel momento, le dio dos besos a Víctor en la cara y marchó. Dejándolo intrigado con aquellos besos llenos de pasión.


Y hoy, 30 de marzo de 2009, se volvería a encontrar con los ojos de Nadia; con aquella mirada que cambió para siempre el rumbo de su vida; él aún no lo sabe. Y es que, él no sabe nada.

25 de marzo de 2009

Mil y Una Noches

Él tenía dieciocho años recién cumplidos, en concreto ese mismo día. Para muchos, ya era un adulto, pero para sí mismo, un niño pequeño e inocente. Tanto, que jamás se había enamorado, nunca sintió el calor de un beso en sus labios. Su madre siempre lo había protegido en desmedida, y ese año dejaría atrás su viejo pueblo para irse a la capital a estudiar, el sueño de tantos chicos de su pueblo, irse de allí a conocer mundo. Desde hacía varios meses ya tenía el piso alquilado, esperándolo a él. La semana próxima sería su prueba de fuego: Vivir sin su madre.

El día siguiente a su cumpleaños fue con los padres a su nuevo hogar, y allí lo dejaron sólo en aquella inmensidad, pero poco importaba, mañana sería el gran día, empezaría su carrera más deseada, psicología. Aquella noche no pegó ojo, extrañaba la cama, estaba nervioso, pero sobre todo, sentía que tal vez al día siguiente su madre no le despertaría con el "Buenos días, es hora de levantarse" que tantos años le había estado regalando.

Pero, a la mañana siguiente ni siquiera le dio tiempo pensar en nada, pensaba que llegaba tarde a su primer día, sin embargo, llegó demasiado pronto. Con la certeza del que sabe que su autobús escapa, él corrió. Tanto es así, que llego a la parada, y ni siquiera estaba allí el autobús de la línea 20. Desesperado miró su móvil, y se dio cuenta de la hora que era, aún faltaban algunos minutos para verlo aparecer por el horizonte de aquella alameda. Montó en él, y durante todo el trayecto no miró a nadie tan sólo estaba absorto en sus pensamientos.

El camino para ser su primera vez lo hizo de una forma muy mecánica, y hasta que se sentó en su silla, al lado de la puerta ni siquiera se inmutó que había entrado en la facultad, y mucho menos que estaba esperando a que llegase el profesor con la mirada perdida en el pasillo que daba a su clase. En él, entre la multitud una chica se cruzó con su mirada, y de la boca de aquella chica salió un hola, y de sus ojos una sonrisa. Él, un poco aturdido se los devolvió. Ella era alta, con el pelo castaño, no demasiado largo, ni demasiado corto, si pudiera llamarse ese estilo como normal, sería normal, tan normal que lo llevaba unos centímetros por debajo de los hombros. Tras aquel saludo, sin un motivo aparente, la chica desapareció y llegó el profesor a su primer día de realidad psicológica, quizás eso le serviría pues, en aquel momento estaba echo un mar de dudas.

Cuando acabaron todas aquellas horas, que en el fondo le parecieron infernales, salió de la facultad, esta vez, siendo consciente de lo que hacía. En todo el día sólo habló con aquella chica que, posiblemente, no vería más. Aunque, esta vez el destino jugaba a su favor, y la volvió a ver en la parada de autobús. Sin él ser aún consciente esa era la tercera vez que se cruzaban miradas, y la segunda que lo hacían con palabras. Ella, se bajó una parada antes que él, pero esta vez no se despidió, es más, ni siquiera se cruzaron miradas al salir ella de aquel bus, pero ya habría tiempo de eso, ya habría tiempo...

Pasaron casi tres años, mil días, y mil noches. Y él cada vez estaba más acostumbrado a la capital, cada día de esos, algo más de, dos años la había hecho un poco más suya, y cada vez se sentía menos pueblerino, sin embargo, seguía sin perder esa inocencia con la que llegó, seguía sin conocer el sabor de unos labios, o el cosquilleo de dos lenguas unidas. Seguía sin conocer el amor, y sin saber aún que se encontró tres veces con una mirada, que lo persiguió durante tanto tiempo todos los días de lunes a viernes con un simple "Hola" y una sonrisa. Pero, esa era su única obsesión, tener algo más de un saludo.

Y fue en la noche mil y una, cuando salieron de la facultad en aquella parada de bus dónde él se sinceró con ella, dónde ella se sorprendió y todo cambió para los dos. Él se lo dijo a ella, tras el "hola" y la sonrisa, le dijo que nunca había besado a una chica, que nunca había estado enamorado de nadie, y que sólo ella con su sonrisa había conseguido robarle el corazón y los sentimientos, se moría por probar sus labios, rozar sus bocas y sentirlo todo por primera vez con la magia de dos amantes enamorados. Y, ella accedió, y se besaron, por fin sus sueños se hicieron realidad. En aquella noche mágica, aquella noche de amor...

Desde entonces, a aquel beso siguieron muchas más palabras que los primeros "holas", muchas más palabras que esa declaración inocente y, tal vez, descuidada. Desde aquel día, empezó su nueva vida, y su relación, para él la primera, para ella, nunca lo sabremos, pero sí sabremos que marcó una diferencia en su forma de ver la vida, la inocencia de él, pasó a través de ella, para quedarse un poco con ella, para estar aún más unidos.

No tengas en cuenta mis lágrimas, pues hánse brindado para evitarles a tus ojos derramarlas ya que ahora ellos deben permanecer hermosamente abiertos por lo mucho que han de mirar y de ver.


M. Lasala