El Rincón de Los Vencidos

Nuestro Rincón, Nuestra Historia

Cómprala desde aquí

Éste es el título de mi primera novela. Como dijo Luis Landero: “Toda novela es la sombra de otra, perfecta y arquetípica, que el escritor ha vislumbrado en sus ensueños”.

Es una novela ambientada en una universidad, donde dos amantes sufren las desventuras del amor. La universidad es más que estudiar, y ellos aprenderán esa lección. Más información aquí.



Un Sueño Cumplido. Desde El Rincón a Ti.

Ese fue mi primer libro, que salió a la venta en diciembre de 2009. Si quieres adquirir un ejemplar, pincha aquí. Gracias

Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

25 de febrero de 2011

Olvidar Los Recuerdos

Para mí los poetas poseen la magia de poder explicar con palabras los sentimientos que las personas podemos llegar a sentir, tales sentimientos como el amor, la ilusión, o la desesperanza. Yo, por mi parte, como aprendiz de poeta, pienso que todas las personas podemos llegar a amar y sentir de una forma distinta. Sin embargo, en los amores imposibles nuestras almas sí se puden tornar similares.

Por ello, y es algo que nunca he explicado, la mayoría de mis poemas, de mis escritos, versan sobre éstos y sobre sueños imposibles. El poema que os dejo a continuación fue recitado por mí en el quinto recital de la E.O.I de Vélez Málaga.


Recuerdo cuando, para mí, la felicidad eras tú.
Tus ojos marrones, tu sonrisa inocente y
Aquellas palabras cortas y mal pronunciadas,
Eran mi perdición, y hoy las echo de menos.

Aquellos días fueron mágicos, interminables,
A tu lado lo viví todo y algo más.
Sentí alcanzar ese cielo donde sólo estabas tú,
Esa felicidad por la que hubiera vendido mi alma.

Mas, ¿de qué sirve un recuerdo si no se puede compartir?
Tus ojos, tu sonrisa y tus palabras eran parte de mí.
Sin embargo, para los ojos de los demás no fuimos nada.
Sólo fuimos desconocidos, dos amantes ocultos.

Y ahora, sólo queda bañarme en la tristeza del recuerdo,
Enjuagar mis lágrimas en la sal de nuestra memoria,
Olvidar lo que un día fuimos y borrarte de mi alma,
Entender que vivir un amor secreto no deja más que dolor.





2 de febrero de 2011

Seis Años...

Cuando caiga la noche, espera mi visita,
pues veo que la noche es quién mejor encubre los secretos.


Hasta que de repente un día despiertas,
piensas en todo lo que pasó aquella tarde,
justo seis años atrás: aquella complicidad, miradas,
palabras, y una pregunta... ¿tú quieres estar conmigo?
Y para responder otra pregunta: "¿Yo? Siempre". Otro beso.

Han pasado seis años, seis aniversarios,
Aún recuerdo cuando nos entregamos la alianza,
Las tardes de celebración y estudios. Todo el amor.
Y ahora, por casualidades de la vida, estamos separados
Pero el tiempo ha seguido pasando y el amor sigue creciendo.

Recordarás aquel hechizo de magia negra,
al igual que yo. Y pensaras en la primera despedida,
el primer mensaje, y en la primera vez que nos hemos separado.

Todo lo que hemos vivido, lo que hemos soñado, sólo es amor.
Quiero que siempre sea así, tenerte a mi lado al amanecer,
Abrazarme a tu cintura en cada mañana, y besarte.

21 de enero de 2011

Todo o Nada

Fuera en la calle está lloviendo, pero no es más que agua.

Pero en mi interior diluvia, y no es sólo agua lo que cae.

Todo podría haber sido distinto...

...yo para ella sólo seré un leve recuerdo, uno más.

Pero ella para mí lo fue todo sin llegar a ser nada.

6 de diciembre de 2010

Miradas Cómplices - II



Pero cuando estaba saliendo por la puerta del Aula Magna de la facultad, ella dijo si alguien quería hacer alguna pregunta a los conferenciantes. Él se giró y volvió a sentarse en su sitio allí cerca de la tarima. Mientras, un compañero hizo una pregunta que él no logró entender, cuando la respondieron le tocó el turno a él. Alzó la mano y ella le miró y le dio la palabra. Sin embargo, ni en los ojos ni en las bocas de ellos podían verse alguna expresión. Conservando esa imperturbabilidad le preguntó: “¿Tiene usted pareja?”, y se sentó en su sitio a esperar la respuesta mientras el resto del auditorio se quedó tan atónito como ella.

Tras unos segundos, para él horas de silencio, ella se atrevió a contestarle bajo la mirada acusatoria del resto de acompañantes. Él si sabía el nombre de ella, Rosa, pero ella no sabía el suyo, así que sólo le dijo:

–“Lo siento chico, no hablo de mi vida privada en estos lugares, pero te diré que sí, estoy casada, aunque no tenga nada que ver con el tema de la conferencia”.


Hacía mucho tiempo que no cruzaban miradas, demasiado tiempo. Desde aquel corte en medio del auditorio, que le causó ser el hazmerreír de media facultad. Pero no le importó, en la vida había que arriesgarse. Y ella había sido su amor platónico, y ahora no podía quitársela de la cabeza. Volvieron a cruzar sus miradas seis meses después de aquel día, de aquella conferencia: El Collar de la Paloma de Ibn Hazm y su relación con El Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita. Sólo cruzaron miradas y un par de saludos, pero eso fue suficiente para que volviera a nacer con más fuerza el amor en su alma, en su mente y en sus sueños. En ellos también estaba ella.

Allí, en los sueños él podía ser y tener el valor suficiente para decirle todo lo que sentía sin miedo, y ella podía no tener pareja... En sus sueños estaba divorciada. Recuerda cómo se acercó a ella lentamente por detrás, con su mano, le apartó el pelo del cuello y respiró su esencia mientras lentamente se acercaba a besárselo. Ella estaba inmóvil, no podía decir nada, estaba encantada con aquel gesto. Y él siguió recorriendo su su nuca, su cuello, su barbilla y llegó a sus labios. Allí se fundieron en un suave beso, que cómo no podía ser de otra forma le despertó del sueño al haber llegado a su clímax.

Tras aquel sueño parecía que se había cargado de valor y por fin le dedicó a Rosa las palabras que se merecía, las palabras que deseaba. Fue una tarde de viernes, él estaba en la Universidad para sacar un libro, y ella estaba acabando su jornada laboral, volvieron a cruzar miradas, y un breve saludo, pero ésta vez él siguió hablando, le preguntó algo más... Un ¿qué tal? Una pequeña conversación, un lo siento por lo que hice aquel día, algún me pillaste desprevenida, me gustó mucho tu intervención... muchas palabras, pero sobre todo las más importantes: "¿Tienes tiempo para un café?" Y su respuesta, "Sí".

Y allí en aquella cafetería se enteró que sí, que Rosa tenía pareja, que no tenía opción con ella, que debía dejar pasar ese amor platónico, pero a pesar de todo tenía mucho que aprender de ella. Perdía un amor platónico y ganaba toda la experiencia de una vida... quizás la balanza jugaba a su favor y vendrían más miradas cómplices.

30 de noviembre de 2010

Miradas Cómplices - I

Miró el reloj eran las seis y veinte. La conferencia empezaba a las siete, y él vivía cerca de la universidad, a menos de diez minutos: tenía todo el tiempo del mundo; aún así decidió salir en aquel momento. Había estado estudiando desde las tres y media, ya estaba cansado: era abril y los exámenes finales aún quedaban muy lejos. Por eso cuando días atrás en los pasillos de su facultad vio que había una conferencia y estaba el nombre de ella no lo dudó ni un segundo y lo apuntó todo: necesitaba verla.

Estaba nervioso, tenía miedo, sudaba más de lo normal y su mente sólo se hacía preguntas que no podía responderse: “¿La vería a ella realmente? Y si era así, ¿Qué haría cuando lo hiciera? ¿Le diría él algo? ¿O se lo diría ella? ¿O ni siquiera le reconocería?”. Ella era su amor platónico desde la primera vez que la vio y hablaron, por casualidad, en los pasillos de aquella facultad. Ella había sido contratada como profesora adjunta al Departamento de Estudios Árabes hacía un par de años y cuando llegó estaba perdida. Le preguntó cómo llegar a la zona de los departamentos, y él amablemente se ofreció a acompañarla. Por el camino ella le contó algo sobre su trabajo en la facultad, pero no les dio tiempo a hablar mucho: el camino era corto.

Su amor era platónico porque nunca intentó pasar más allá de simples conversaciones entre los dos por miedo a lo que dirían los demás, aunque por dentro su corazón se consumía por no besarla. Él imaginó que ella sería diez o doce años mayor y eso sería crítica por parte de sus compañeros de clase: además, posiblemente ella ya tuviera su vida resuelta y no estaría dispuesta a perderla por un chaval de veintipocos años.

Cuando llegó a la facultad no había demasiada gente. Era normal aún faltaba media hora para la conferencia y de todas formas no habría mucha gente, era por la tarde: la mayoría de los alumnos estarían en clase o serían de turno de mañana y no tenían por qué ir a aquella conferencia. Gracias a eso pudo sentarse cerca de la tarima. Sería un buen lugar para que ella se fijase en él, para que lo mirase, y quizás volver a hablarle tras tanto tiempo y tras aquella conversación que podría decirse no fue de las que marcaron época. Claro eso siempre que se acordase de él, algo difícil: había pasado demasiado tiempo, medio año sin volver a verse desde aquella vez.

Inmerso en aquellos pensamientos no pudo notar que la sala se había llenado de gente, en contra de sus perspectivas. Y ella había pasado por su lado sin que ninguno de los dos se percatara de la existencia del otro, o no quisiera admitir que estaba allí el otro.

El balbuceo de la gente llegó a ser tan insoportable que le impidió seguir concentrado en sus pensamientos. Miró el reloj y eran las siete y diez; “Ya debería haber empezado, se están retrasando”, pensó. Y acto seguido como si le hubieran leído la mente, empezaron a sentarse los ponentes en la mesa y ella desde la tarima comenzó a presentar la conferencia anunciando al resto de acompañantes y haciendo un breve resumen de los temas a tratar. Pero él no podía enterarse, no le importaba. Sólo quería verla a ella.

Si fuera posible estaba más bella de lo que recordaba: aquel pantalón negro, y aquella blusa roja la hacían parecer una diosa. La blusa, tenía un escote que insinuaba mucho más de lo que llegaba a enseñar, tal vez eso sería una señal para decirle que estaba casada, y sentía pudor; o quizás sólo sería un juego de mujeres. Ese escote le dibujaba los senos de una forma espectacular, los mismos pechos que tantas noches de sueño le habían quitado. Y encima de esos pechos su cuello de cisne y su dulce rostro, todo en ella era perfecto para amarla.

Sus ojos castaños similares a dos luceros se hacían uno con el color de su pelo, el cual, intencionadamente, sombreaba parte de su cara. Esos ojos eran con los que soñaba cruzar una mirada y transformarla en sonrisa para devolvérsela a través del viento hasta su boca, y tal vez con la magia de aquel gesto, transmutar la sonrisa en palabras, y las palabras en amor. Pero aquellos ojos no cruzaron miradas. Él creyó que ella lo esquivaba pero era difícil saberlo con seguridad: había demasiada gente como para fijarse en alguien y estaba demasiado nerviosa para pensar en él. Pero, el principal motivo posiblemente sería que no lo recordaría.

Fueron los aplausos los que le volvieron a traer del mundo de sus pensamientos para decirle que la conferencia había salido bien. Él aplaudió como el resto, y tras unos segundos de cortesía se fue. ¿Realmente salió todo bien? ¿O sólo fue la conferencia? Porque aquel chico al acabar la conferencia se fue de allí triste, muy triste: habían estado a escasos metros, él la había mirado a los ojos, había intentado sonreírle, pero ella no se había inmutado… Aquel chico perdió la ilusión del amor por una mirada cómplice que nunca se dio.

Continuará...

12 de noviembre de 2010

La Muerte de Nuestro Amor

“Yo soy ella para siempre”, así comienza el amor.
Pero cuando acaba, acaba con un adiós embarazoso:
“Yo y ella”.
{Mahmud Darwish}


Es inútil que busque tu sonrisa
Cuando el dueño de tus lágrimas, soy yo.
Nada vale anhelar rozar tus labios
Cuando mi boca, para ti, sólo es espino.

Tu risa, aunque tenue, aún retumba en mi mente
Y tu silencio al verme, paraliza mi corazón
Igual que mi mirada tornó tu cara seria.
Frente a mí, y no alzaste ni los ojos.

Recuerdo que no respiraste, por miedo.
Temías que pudiera adivinar el dibujo de tus senos
Bajo tu ropa, imaginar el tacto de tus pezones.
Hiciste bien, pero me dolió en el alma.

Sabía que mi sola presencia te dañaba,
No debía seguir allí para hacernos más daño.
De estar allí sólo borraría los buenos momentos
Que pasamos juntos cuando creí que me amabas.

Ya sólo me quedará soñar con tu sonrisa,
Recrearme en los viejos momentos, en los besos
Que le robamos a la noche, a la mañana, y a la vida.
Para mí me llevaré los que aún le debemos a la muerte.

A la muerte de nuestro amor.

17 de junio de 2010

Aquel Callejón


-Me alegra mucho que estés aquí. –Fue lo primero que le dijo ella cuando lo vio allí.
-No podía faltar. No, ahora no...
-Ya, muchas gracias por hacerlo. Pero como han pasado tantas cosas entre nosotros dos...
–suspiró ella, se le notaba que estaba mal, preocupada, o sufriendo por su relación.

-Querrás decir que NO ha pasado nada de lo que podría haber pasado.
-Sí, bueno, dicho así... lo siento.
-No, no... no te preocupes, si en realidad la culpa fue mía... Hice lo que no tenía que hacer, fui demasiado lanzado, me tomaste por loco, te asusté... podrían haber pasado miles de cosas, y sólo pasaron las que yo no quería. –Se lamentó él.

-Bueno, no fue tu culpa. Tú sólo seguiste un sentimiento, y eso es lo único que importa en esta vida. Sí, es cierto que me asusté un poco, no quería saber de ti, pero ahora todo ha cambiado. Sólo tuve miedo entiéndeme...
-Lo sé, y también sé que a partir de ahora todo será distinto si tú quisieras, ¿querrás?

8 de junio de 2010

Ódiame en Silencio


Ódiame en silencio,
En la noche cuando necesites de mí
Durante la mañana, mientras me piensas
O en la tarde cuando crucemos miradas.

Ódiame en silencio,
Tu alma sabe que necesitas hacerlo,
Que te he dañado demasiadas veces,
Cuando llorabas la ausencia de otro.

Ódiame en silencio,
Ahora que no puedes decírmelo a la cara,
Que no te importe que él no desee tu cuerpo
Y yo lo anhele suspirando a cada instante.

Ódiame en silencio,
Si tu alma se desangra por mi amor.
Si mi mano llega tarde a tus lágrimas,
Si sabes que le amas, y yo a ti aún más.

Ódiame en silencio,
Como aquella vez que tus labios le rozaron,
Y yo, deseoso de más, alejé mi piel de ti.
Y tú despertaste de aquel sueño, sola, sin él.

Ódiame en silencio,
Que no te importe que yo te ame, y él no.
Desea mi muerte, porque él sólo te causará dolor.
Yo, soy la causa y la solución de tus problemas.

Ódiame en silencio,
Es tan fácil como dejar que mis palabras te hieran,
Como imaginar que desgarro tu corazón,
Cuando sólo intento resguardarlo del frío invierno.

Ódiame en silencio,
Recuérdamelo a cada segundo
Hasta que los dos nos creamos
La mentira, y ya no te odie yo.

28 de marzo de 2010

Loving Beyond...

La echo de menos, la dejé marchar aquella tarde en aquel tren, se marchó y yo no hice nada para evitarlo. Ni siquiera pude decirle que la amaba. No, yo nunca he tenido el valor necesario para estas cosas. Recuerdo su mirada, esos ojos verdes jamás se borrarán de mi mente, y esas palabras: su declaración de amor días antes de coger el tren. Yo sólo la besé, pero no dije nada.

Ella me abrazó y yo sólo pude corresponderle el abrazo, pero seguía sin musitar palabra. Ambos cuerpos muy pegados, muy intensos, ella sintiendo algo por mí, y yo por ella. La única diferencia entre los dos, es que ella había declarado su sentir, mas yo no. Sin embargo, ella sí sabía lo que yo estaba sintiendo en ese abrazo, supongo que ese instinto animal siempre nos puede delatar a los hombres en el abrazo a esa chica que te gusta, o a cualquier mujer algunas veces.

En ese momento nos dimos -sí, nos dimos- cuenta de que estábamos empatados en información de nuestro sentir. De una forma o de otra, ella sabía lo que yo quería que sucediera aquella noche. Y yo, por otra parte también tenía la certeza de hasta dónde podría llegar nuestra última noche juntos. Y eso fue lo que sucedió. Ella volvió a tomar la iniciativa y yo a no decir nada. Ella tan sólo me dijo:
-Deja que nuestra última noche juntos sea para el recuerdo. Ven, deja que fundamos nuestros cuerpos, yo lo necesito y tú también.

Ahora, tras tanto tiempo, y como ella dijo todo lo que pasó en su habitación, bajo la mirada helada y fría de aquellos grupos de heavy metal inglés, ha permanecido, y sé que lo hará por siempre, en mi recuerdo. Aquella sensación de dos cuerpos en uno fue mágico. Como mágico e indescriptible es llegar al fin al unísono, sentir de verdad la compenetración. Dos cuerpos en uno. Dos almas unidas para hacer temblar a un Dios que los separó... No sé que habrá sido de ella, no sé si seguirá pensando en mí...

                                      

Han pasado quince meses desde que lo dejé allí, ahora, nuestro hijo tiene casi seis meses, sin embargo nunca ha visto a su padre. Pero todo eso ha de cambiar. Estoy cansada de que mis padres me digan que de el niño en adopción, que me dijeran que abortara, que en este pueblo no podía vivir con un embarazo y sin padre. Y ahora me dicen lo mismo, que la gente del pueblo habla, que comentan, critican... ¡¡pues que hablen joder!! Yo sólo sé que es mi hijo y que tiene un padre, me da igual lo que piensen los demás, lo quieran aceptar o no. Quieran hablar de si soy tal o cual, me da igual.

Sin embargo, mis padres no lo quieren aceptar, y sobretodo mi madre. Ella es a la que más daño le hacen las críticas, por eso lo he decidido, mañana por la mañana temprano, cogeré a Dennis y marcharé a vivir junto a su padre. Le diré que es hijo suyo y que el nombre se lo debe a uno de los primeros guitarristas de Iron Maiden, él sabrá entenderlo. Sabe de mi amor por el heavy metal británico.

Aunque sé que es muy posible que en estos quince meses él ya haya rehecho su vido junto a otra chica, realmente no sé si sentía por mí lo mismo que yo, o si sólo fue al unir nuestros cuerpos en aquel abrazo lo que despertó todos sus sentidos...  no lo sé... Tampoco sé si querrá creerme, pero sólo hice el amor con él antes de venir, y desde que estoy en el pueblo he estado embarazada... sólo ha sido con él en los últimos meses, tendrá que creerme, es la verdad. Por otra parte algo dentro de mi corazón me dice que sí me creerá, que sabrá la verdad nada más ver a Dennis... que me ama como yo a él.

¿Pero, cuál de las dos voces escuchar? ¿Cuál de las dos tiene razón? No lo sabré hasta que vuelva a su lado...

9 de marzo de 2010

Rutinas

Como cada miércoles por la tarde se duchaba y se vestía con la ropa más nueva que encontraba en el armario. Siempre era la misma ropa, la de los miércoles. Él sabía muy bien que sólo ese día sería cuando podría encontrarla, el único día de la semana en el que, de verla, acallaría su corazón. Aunque en realidad ya hace tanto tiempo que está buscándola de nuevo que casi ni puede recordar su rostro. Casi ni puede acordarse de esos cabellos castaños, ¿o tal vez eran caobas? Que más da, él sabe que cuando la vea la reconocerá... ¿o tal vez ni siquiera se haya planteado eso? Sólo sabe que tiene que conducir hasta aquel bar dónde, según recuerda de la rutina diaria, estará ella, o debería estar, o llegará, o debería llegar... Ya ni siquiera lo sabe.

Como cada miércoles por la mañana se despedía de sus compañeros del trabajo, ellos ya sabían de su rutina, pero entre ellos siempre fue la locura de aquel compañero tan raro y solitario, aunque nunca se plantearon leer en su alma. Mientras que sus compañeros pensaban en su cordura, él volvía a casa temprano. Tenía que prepararse para su gran cita, una cita tan rutinaria que sabe exactamente lo que tardará en cada inspiración momento, en cada paso que da, el el número de segundos que ha de mantener dedo presionando el calentador para que no se apague la llama, todo lo tiene controlado al milímetro. Demasiado tiempo con esa rutina.

Y por último como cada miércoles por la noche vuelve a casa con su mejor ropa, impoluta como impoluto queda el vaso que jamás usará para tomarse un café aquella chica que está esperando, o el vaso de la caña que nunca rozarán sus labios. Vuelve a su casa, deja el coche en el garaje, sí, ese garaje que sólo alquilo para estas ocasiones, no puede dejar nada al azar, y la rutina ha de ser su mayor mérito, no podía permitirse que el cambiar de aparcamiento. Volvía a su casa, se quitaba la ropa, la doblaba justo antes de meterla en la lavadora, y mañana al despertar la podría, cuando llegara del trabajo para comer ya habría acabado y la tendería en el salón.

Así cada miércoles, el único día en que su vida estaba controlada hasta el último segundo, el resto de la semana él era un hombre normal, que ni siquiera pensaba en aquella chica o en el bar. Lástima, porque él aún no lo sabe -ni lo sabrá jamás-, pero si deja de ir los miércoles y va los jueves, se encontrará con ella, y sobretodo, ella lo hará con él.

...y es que, las rutinas matan el alma y el corazón.

17 de noviembre de 2009

Erasmus

¿Recuerdas cómo nos conocimos? Sí, de eso hace ya bastante tiempo, pero yo aún lo recuerdo a cada amanecer, cada amanecer que paso a tu lado. Cada amanecer y cada anochecer aquí tan lejos de lo que un día creí mi hogar.

Aquel año era mi segundo año de facultad en aquella gran ciudad, Madrid. Y yo apenas había empezado a oir hablar de la beca Erasmus. Sí, esa que hizo que tú llegaras hasta este país perdido en el mundo, tan cálido y distinto al tuyo. Fue en los primeros meses del primer cuatrimestre cuando te vi por primera vez en clase, para serte sincero me extrañó ver alguien como tú allí. No eras muy distinta a las demás chicas pero sí lo suficiente como para destacar un poco: tenías una piel clara y unos ojos verdes preciosos. Tu pelo moreno y largo te caía detrás de los hombros hasta la media cintura. Me impactaste qué quieres que te diga. Además, todo esto ya lo sabes.

A los pocos días de estar allí en nuestra universidad empezaste a saludarme y, a veces, hasta preguntarme alguna que otra cosa. No me lo podía creer, pero me encantaba vivir aquel sueño tan mágico. Pasaron los días, yo sólo podía pensar en tí, aunque te veía poco. ¿Recuerdas? Sólo teníamos dos clases en común, al venir de Erasmus desde Finlandia sólo te servían unas pocas asignaturas de la facultad, y de esas pocas menos aún eran conmigo. Pero daba igual, las pocas horas que pasaba a tu lado me eran suficiente.

Hubo un tiempo en el que no te vi por clase, pensé qeu si habías venido desde tan lejos, y posiblemente no volvieras a hacerlo, te gustaría conocer España, la verdad me hubiera gustado ser yo quién te la enseñara pero no fue así... al menos no aquella vez.

No recuerdo cuando fue el día que regresastes, pero sí que a los pocos días estando yo en la biblioteca estudiando, te vi desde lejos tú estabas allí con tu amiga, algunas mesas más lejos que yo. Estabas de espaldas a mí, no podías verme. Extrañamente eso me tranquilizó un poco. Y seguí estudiando, aunque no podía concertarme cada pocos segundos levantaba la cabeza para mirarte, y luego volvía a seguir estudiando. ¿Sabes?, no te lo he dicho nunca aún, pero todo fue muy raro. Yo estaba pensando en cómo podía buscar un motivo para levantarme y hablarte... y alcé la mirada y te ví a ti caminando hacia mí, esquivando como podías al resto de compañeros. Yo no entendía muy bien aquello tampoco. Pero, estaba pensando en cómo podía acercarme a tí, y fuiste tú quién lo hizo...

Me comentaste que aquella noche íbais a tomar unas cañas; sí, no puedes imaginar la gracia que me hizo que dijeras cañas, algo tan español; con unos amigos y que si yo quería ir con vosotras. Te dije que no, te mentí, te dije que tenía que irme a mi casa, y tú muy triste me pregutnaste si no podía esperarme un poco e irme más tarde, negué con la cabeza y te fuiste de nuevo a tu sitio diciendo, "bueno otra vez será".

Yo me quedé dubitativo, pensando en porqué te había dicho que no, si dentro de mí todo me llamaba a decirte que sí, que contigo a cualquier lugar. Que me moría de ganas por haber vivido algo así contigo, y ese fue el motivo que encontré para acercarme a ti. Te iba a decir que sí, que me iría contigo a tomar esas cañas, a pasar un buen rato a tu lado, y luego lo que surgiera. Aunque esto último me lo callé, pero lo pense. Te pregunté el nombre, Inkeri, me dijiste. Y me sonó tan raro que tuve que volver a preguntárle, pero conforme pasaba aquella noche me iba haciendo más a aquel nombre, e incluso llegó a gustarme tanto como el de Tarja Turunnen. Aquella noche pasó lo que tenía que pasar, lo que el cielo y las estrellas nos dejaron que hiciéramos bajo la tenue luz de sus pieles, bajo la incesante mirada de nuestros ojos.

Bebimos, nos conocimos más a fondo, nos besamos, nos fuimos solos a tu apartamento de erasmus, y allí en la terraza de tu edificio hicimos el amor. Era una noche fría pero no nos importó, el calor de nuestra piel hacía mermar el hielo. El fuego de nuestra pasión evitó que pasáramos ese frío de diciembre (sobretodo yo, tú deciás estabas acostumbrada a esas temperaturas, pero no a sentirlas tan cerca de tu piel), pero no pudo evitar que nos resfriaramos aquella noche. A la mañana siguiente me dijiste que cuado acabara el semestre te tendrías que volver a Finlandia. Yo te pregunté si no había opción de alargar la estancia, y desde aquel día estuvimos moviendo todos los hilos necesarios para ampliar la beca Erasmus por el resto del año. Para estar más tiempo juntos. Fue difícil ampliarla, había demasiadas pocas asignaturas que te servían para poder quedarte, y eso lo sabían allí en Vaasa, pero finalmente lo logramos.

Al año siguiente fui yo quién pidió la beca Erasmus para irme a Vaasa, tendría que aprender finés, pero no me importaba tú ya me habías dado algunas lecciones aquí en España. El año pasó todo lo bien que pudo pasar a tu lado. Y recuerdo que cuando acabó mi beca, volví a Madrid y pedí un traspaso de expediente con Vaasa, me iba a vivir allí a tu lado, lejos de todo, y todo gracias a unas cañas. Por eso hoy, tras cinco años viviendo juntos, tras el nacimiento de nuestro primer hijo...

Gracias por todo lo que me has enseñado en este tiempo, gracias, Inkeri, por tu amor y por acercarte a mí, aquella casualidad marcó el resto de mi vida.

10 de noviembre de 2009

Una Mirada

Ha pasado mucho tiempo desde su última vez, ella quiere creer que han sido pocos años, pero en realidad han sido varios lustros los que han estado separadas. Su amor era envidiable desde fuera, y desde dentro también. Ellas pensaban que nadie podría cambiarla. Y tenían razón: nadie la cambió. Sólo el tiempo y la distancia fueron los que la hicieron: igual que ellos las separaron, ahora el destino las vuelve a unir lejos de aquella ciudad de aguas claras y montañas a ras del mar.

Habían empezado su relación por azar tras una mirada. Laura se cruzó con los ojos de Ana, con una sonrisa. Y Ana no pudo resistirse, en el instante cuando iban a separarse sus miradas la invitó a un café, daba igual que no se conocieran de nada, ya que Laura lo aceptó. Allí, en la cafetería, fue donde empezó su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera eran diferentes al resto, pero es que la gente no alcanzaba a entender su amor, y mucho menos su magnitud. Ellas eran más fuerte que todas esas voces que intentaban hacerles creer que su amor estaba mal, Ana y Laura sólo sabían que se amaban y lo harían siempre, sin importar nada.

Laura aún recuerda, como si hubiese sido ayer, cuando estaban sentadas en aquel sofá de su casa, viendo la televisión y Ana recibió una llamada de trabajo, era su jefe. Le decía que al día siguiente tenía que hablar con ella, quería ofrecerle una oferta de trabajo, según él, muy interesante. Pero para Laura no tanto. La noche siguiente Ana le se lo comentó: la oferta era irse a trabajar a Helsinki, prácticamente le cuadruplicaban el sueldo, y ella aceptó. Se iría dentro de un mes, según le prometió a Laura, en pocos meses estarían juntas de nuevo.

Durante aquel mes vivieron su amor como nunca antes lo habían hecho. Ninguna de las dos quería que llegara el día de la separación; a corto plazo sería duro estar lejos, pero a largo para las dos sería o mejor, con ese dinero extra podrían casarse: la boda que tanto había soñado, una boda por todo lo alto. Pero para ello necesitaban el dinero de Helsinki. El día que se fue Ana era mediados de octubre, en principio para San Valentín volverían a estar juntas de nuevo en España, incluso se verían en navidad...

Durante las primeras semanas hablaban todos los días por internet, permanecían en contacto. Pero a veces las horas no eran las más apropiadas para Laura, y otras para Ana. La diferencia horaria fue la primera excusa que pusieron para mermar la cantidad de veces que hablaban, hasta tal punto que con el tiempo sólo hablaban una vez a la semana, y aún no había llegado ni la navidad, hacía un par de meses que se había ido y ya estaban casi olvidándose la una de la otra.

Laura ya no es capaz de recordar que día fue el primero que Ana no respondió a los mails que ésta le mandaba. Como tampoco recuerda la primera vez que no le cogió el teléfono. Lo que sí recuerda es que la navidad se estaba acercando, y a pesar de haberse prometido que estarían juntas todo indicaba que no iba a ser así. Pasaban los días y tras escusas escuetas y llamadas sin descolgar les tocó pasar la navidad separadas, sin embargo, estaban en España las dos: pero en diferentes hogares.

Laura había abandonado su casa sin ninguna explicación, pero sobretodo sin ninguna información de dónde estaría. Ni siquiera se había llevado el móvil, éste yacía en la mesilla de noche, junto a su lado de la cama cómo si estuviera esperándola verla volver. Pero no aparecía, no volvía por aquella casa. Y su correo electrónico tampoco daba mucha más información, no existía, "Delivery Status Notification (Failure)" es la única respuesta que encontraba. Y nada, no tenía ninguna forma más de ponerse en contacto con ella. Intentó buscar a los padres, amigos en común, buscarla por sus apellidos, vecinos... pero nadie sabía nada, y llegó el día en que Ana tuvo que volver a Finlandia.

Una vez allí pidió quedarse fija en aquella sede empresarial, no quería volver a España sola. España ya no la siente su hogar lejos de Laura. Allí en Finlandia pasó catorce años esperando volverla a ver a ella por aquellas tierras: Ella sabe la dirección y podrá venir, pensaba. Pero Laura jamás apareció por allí. El último año llegó a perder toda esperanza, de nuevo en su trabajo la habían movido de sede, ya no tenía ninguna forma de encontrar a su viejo amor. Ésta vez había ido a Francia, a París.

Mientras tanto, para Laura esos catorce años fueron muchos menos, o eso fue lo que intentó pensar cuando coincidieron aquella tarde en la Torre Eiffel, Ana seguía igual de bella, igual de hermosa: No, no han pasado 14 años, han sido catorce segundos, pensó, sigue igual de hermosa.

Tras aquella mirada acompañada de una sonrisa, como antaño, Ana la invitó a un café y Laura lo aceptó y la siguió. Todo volvía a comenzar de cero para ellas en aquella ciudad del amor.

14 de octubre de 2009

Atracción Amorosa

Lo que me pides no puedo hacerlo, lo siento mucho. Sé que quizás tú me ames, pero lo que yo siento por ti no va más allá de la simple atracción, de ese juego que un día empezó con miradas y coqueteos y desembocó en todo esto. Quiero que sepas que lo siento, de verdad, a mí me duele tanto como a ti, pero no puedo dejarlo todo y seguirte, yo no tengo ese valor y lo que siento por ti no me lleva a hacerlo.

Recuerdo que éramos compañeros de clase, pero al principio no me fijé en ti yo tenía una novia, la que sigo amando ahora y tú me pides que la deje para irme a tu lado. Todos los chicos decías que estabas muy buena, así sin más. Decían que tenías buen cuerpo, y en esos momentos comencé a fijarme yo también, te miraba cuando tú no te dabas cuenta, buscaba tu cuerpo y tus curvas cuando todos descansaban de mirarte, quería que fueses sólo para mí. No lo conseguía. Con el tiempo empezamos a hablar, éramos compañeros de clase y era lógico que tuviéramos que pedirnos apuntes y esas cosas.

Del compañerismos surgió la amistad, y de la amistad el roce, del roce el deseo y del deseo nuestro primer beso. Pero antes de ese beso ya había conseguido agarrarte por la cintura, sí, no sabía el motivo pero te agarré lentamente por la cintura y fue una sensación sin igual, tú me la devolviste con una sonrisa… Y en aquel entonces, con tu sonrisa había descubierto que además de un cuerpo precioso tenías unos ojos que hipnotizaban, y yo siempre fui fácil de hipnotizar. Te acercaste a mí con tus ojos, buscando algo, pero yo no te lo di, sin embargo sí te di un beso, y no sé por qué, yo tenía novia en aquel entonces y la sigo teniendo ahora. Además tú también lo sabías, sin embargo no rehuiste de mis labios, no sé porque. Cómo dijo aquel escritor argentino de bahía, por un segundo lo olvidamos.

Desde entonces hasta la próxima vez que volvimos a hablar pasó algo de tiempo, un par de semanas, yo nunca le dije nada a nadie, y mucho menos a mi novia. No sé si tú lo hiciste, jamás te lo pregunté, no soportaría saber que alguien más sabe que fui infiel. Pero volvimos a encontrarnos y volvió a suceder, esta vez con más ansia, con más deseo y no fueron sólo besos. Tú lo recordarás tan bien como yo, cómo nuestras manos recorrían nuestros cuerpos, esa fue la primera vez pero no la última.

En este tiempo hemos llegado a hacer el amor, varias veces, no nos bastaba con nuestros besos para desfogar la pasión, ambos necesitábamos más, pero cada uno por una razón distinta, tú por amor, yo por lujuria. Para hacer el amor sintiendo algo por la otra persona ya tenía a mi novia, que la engañaba, la engañé mucho pero la amaba. ¿Sabes? Ella me ama y no puedo dejarla tirada por todo esto.

No puedo seguirte más, lo siento, cuando todo empezó yo no era consciente de que podríamos llegar a tanto, yo ni siquiera sabía que tú me estabas amando, y es que yo sólo miré tus curvas y tus ojos, la forma de hacerme el amor, y no te pedía nada más que no fuese sexo y besos, pero tú siempre quisiste más y yo no supe verlo, y ahora me doy cuenta, tarde pero me doy cuenta: quieres que deje a mi novia y me vaya contigo, que hagamos una vida juntos, pero lo que me pides no puedo hacerlo. Lo siento, tú para mí sólo fuiste un deseo, una ilusión que sé no debiera haber probado nunca pero lo hice.

Mañana todo será igual, sólo seremos un recuerdo por eso no te preocupes. No nos volveremos a besar, al menos no si me pides amor, o si me pides que la deje. Yo no puedo hacerlo, jamás lo haré, la amo… pero, seguramente ella me deje cuando se entere de lo nuestro, entonces no sé que podría pasar entre nosotros dos.

Jamás debí agarrarte por la cintura y mirarte tan fijamente a los ojos, jamás te debí besar.

5 de octubre de 2009

Indiferencia

Ella era mi prima, sin embargo ese detalle no fue un impedimento. Había conseguido enamorarme con sus curvas, y su indiferencia hacia mí…

Nos veíamos poco, y cada vez que lo hacíamos más me gustaba. Es todo muy difícil de explicar. Ella es algo menor que yo, un par de años, y es perfecta para mí… si no fuéramos familia… si tuviera el valor para decirle lo que siento sin temor a lo que piensen de mí mis padres o los suyos. Si pudiera mirarla y ver más allá de su indiferencia, me arriesgaría por ella, pero así no soy capaz.

Tampoco recuerdo con seguridad cuando comenzó a gustarme y empecé a desearla. Quizás sería a los 15 o16 años, yo no tenía mucho trato con ella, pero apareció en el funeral de mi abuelo –tío abuelo suyo– y entonces vi su cuerpo, aún era una niña, pero se estaba empezando a desarrollar y me dejó helado. Tan sólo nos rozamos con dos besos, pero dejó su olor en mi piel y unas ansias locas de probar su cuerpo.

Días después le pregunté a mi madre por ella, por su padre… y me estuvo contando muchas cosas, incluso prometió que un día iríamos a verla. Pero ese día se demoró casi un año, por suerte para entonces mi prima había seguido desarrollándose y estaba aún mejor de lo que la recordaba. Aquel día también pasamos algún tiempo juntos, en la misma habitación, pero por más que intentaba robarle miradas, o sonrisas, no pude conseguir nada de ella, ni siquiera una sonrisa. Tan sólo, como la primera vez, dos besos y llevarme el deseo de gozar de sus labios más allá de la cortesía.

Meses más tarde después de aquel encuentro falleció la abuela de ella, esta vez, tía abuela mía. Y como ellos hicieron cuando murió el mío, mi familia y, por supuesto, yo fuimos a darle el pésame. Sé que no debería haberme fijado en ella en aquel momento, igual que tampoco debí haberlo hecho la primera vez que la vi. Pero no pude evitarlo, su piel morena, y sus curvas se adueñaron de mi mente, me impedían pensar en otra cosa que no fuese ella, y ella pensaba en cualquier cosa menos en mí.

Siguió pasando el tiempo, y por fin volví a verla, no había podido quitármela de la cabeza ni un solo segundo, esta vez nos encontramos por la calle por azar, o eso era lo que yo quería que pensara ella, porque yo sabía muy bien lo que hacía y porqué estaba allí, igual que sabía que de su mirada sólo recibiría indiferencia, como si no existiera, pero también sabía que debía luchar por robarle los dos besos y acariciar su cintura suavemente… ¿Y cuál fue mi sorpresa? Esta vez no fui yo quien tuvo que mendigar los dulces besos, ella se abalanzó a mi cuello, a mi cuerpo, y me rodeó la cintura, para no darme los dos besos, ni siquiera uno en la boca, sino un beso en el cuello que dejó una marca indeleble durante un par de días. Tras aquello unas palabras de que al día siguiente estaría sola en casa…

Y eso fue lo que hice al día siguiente, ir a su casa, recibir más de dos besos, calmar por fin mi ansía de probar su sabor, de beber la miel de sus labios, apagar mi deseo de perderme en las curvas de su cuerpo, de acabar la batalla del amor exhaustos mientras disfrutaba de su cuerpo al otro lado de la cama… pero sobre todo saber que su indiferencia era sólo una apariencia que desde aquel momento deberíamos guardar los dos para siempre.

7 de septiembre de 2009

Epístola Final


Querida Dueña de Mis Tormentos:

Quiero que sepas que te cuento todo esto para que sepas porqué estaba haciendo el amor con ella cuando nos descubriste, no quiero que te sientas aún peor ni quiero recrearme en los recuerdos y tu dolor. Sólo quería disculparme y explicarte la situación que sí era lo que parecía:

No recuerdo muy bien como, ni porqué pasé por allí aquella tarde, pero me encontré con ella. Tú en aquel momento no lo sabías, pero ella había sido mi amor platónico toda mi vida, no te lo había dicho hasta aquella tarde porqué tú para mí sólo eras una amiga que me gustaba. Más tarde me daría cuenta que por ti sentía algo más que amistad, y que tú también lo sentías por mí. Cuando la encontré sentada en aquel parque no me lo podía creer, hacía tanto tiempo que no nos veíamos que pensaba que ni siquiera me recordaría. Pero no fue así, sí me reconoció y dejando allí a sus amigos nos fuimos los dos juntos a dar un paseo.

Como te iba diciendo, me fui con ella a dar un paseo. No teníamos rumbo ninguno, ni nos importaba. Íbamos hablando sobre nuestro pasado: leves recuerdos en común, y muchos separados. Teníamos tantas cosas que contarnos y tan poco tiempo para ello que quedaron demasiadas emociones guardadas en nuestras almas. Menos una, por fin me atreví a decirle que necesitaba besarla. Esa necesidad fue devuelta por ella. Y allí, en mitad de la calle nos besamos, aunque, he de decírtelo: no la besé bien, yo no sé besar, nunca tuve la oportunidad de aprender. Ni la tendré.

Sin embargo, a ella no le importó mi poca destreza a la hora de besar y me guió hasta un portal, donde según ella vivía un amigo suyo. Pero en vez de visitar a su posible amigo nos pusimos a hacer el amor con la pasión y torpeza de dos jóvenes quinceañeros que lo hacen por primera vez. Estábamos en el rellano de aquel bloque sin saber muy bien qué hacíamos y sin saber muy bien el lugar dónde estábamos, al menos yo no tenía seguro ninguna de las dos cosas. No recuerdo bien el momento en que te vi aparecer escaleras abajo, pero eras tú y te quedaste paralizada al verme allí haciéndolo con aquella chica, cuando pudiste reaccionar te fuiste con lágrimas en los ojos sin decir nada.

Yo también me quedé atónito, no tanto como ella que pareció no sorprenderse por lo que pasaba. Me despedí de ella y la dejé allí igual que dejas a una ramera cuando has tenido sexo de una noche con ella, y fui en tu búsqueda. Ahora era ella la que estaba desconcertada, podía estar embarazada de mí y yo la había dejado sólo con un adiós, sin dejarle tiempo a decir nada más. Cuando bajé a la calle no sabía a dónde ir, ni siquiera sabía dónde estaba. Vagando por las calles logré reconocer algunos lugares de la ciudad, y te vi a lo lejos y cuando me acerqué a ti tú me esquivaste, me echaste de allí y yo no entendía muy bien la situación.

Más tarde comprendí que me habías echado de allí porque tú también me amabas, tanto como yo a ti, pero esa tarde yo había cumplido mi sueño de juventud por fin, y había probado por primera vez el sabor de unos labios y la sensación de hacer el amor con una persona que no eras tú. Sé que nunca me lo podrás perdonar, y que nunca me hubieras dejado que te diese esta carta en mano, por eso, la dejé aquí en tu portal dónde me descubriste amando a otra persona. Lo siento, siempre serás la dueña de mis tormentos.

PD: No te buscaré más en este mundo, ya es tarde para darnos una oportunidad. Quizás en el más allá tendremos la oportunidad de estar juntos.

8 de agosto de 2009

Miradas Cómplices

Miró el reloj, eran las seis y veinte; la conferencia empezaba a las seis. Y, a pesar de que la universidad, de estar sólo a diez minutos de su casa, decidió salir en aquel momento. Estaba nervioso, tenía miedo, pero no era un miedo escénico, pues, la conferencia no la daba él. Pero, estaba seguro que la vería a ella; ella era la que organizaba aquella conferencia. Ella, su amor platónico, desde la primera vez que la vió, y habló con ella por casualidad, en los pasillos de aquella facultad. Aquella vez imaginó, que sería diez años, o quizás doce, mayor que él.

Cuando llegó no había demasiada gente, así pudo sentarse cerca de la tarima, sería un buen momento para dejar a un lado la vergüenza, y quizás, volver a hablarle tras tanto tiempo. Claro, eso siempre que se acordase de él; algo, quizás, difícil pues pasó demasiado tiempo. Inmerso en aquellos pensamientos, no pudo notar que la sala se había llenado de gente. Y, ella, habia pasado por su lado, sin que ninguno de los dos se percatara de la existencia del otro.

El balbuceo de la gente llegó a ser tan insoportable que le impidió seguir pensando, miró el reloj, y eran las seis y diez; "Ya debería haber empezado, se están retrasando", pensó. Y acto seguido, como si le hubieran leído el pensamiento, comenzó la conferencia. Y, allí estaba ella, en la tarima. Presentando la conferencia, anunciando al resto de conferencias, pero él, no pudo enterarse, no le importaba, él sólo quería verla a ella.

Si cabía, ella estaba más bella de lo que recordaba, aquel pantalón vaquero negro, y aquella camiseta, con ese escote, grande, pero no tanto como para verle los pechos. Provocativo, y a la vez casto... Ese escote que le dibujaba aquellos maravillosos senos, ni grandes, ni pequeños... Aquellos pechos que le habían quitado tantas noches de sueño... Encima de aquellos pechos, sus ojos, cual luceros, esos ojos con los que soñaba cruzar una mirada, y devolverle la sonrisa a su boca, mientras sus ojos, sus ojos castaños, unos preciosos ojos.

Pero, aquellos ojos no cruzaron miradas, él creyó que ella lo esquivaba, pero, era difícil saber eso, pues había demasiada gente como para fijarse en alguien, estaba demasiado nerviosa para pensar en cualquier cosa. Al final, tras el intenso trabajo de ella, todo salió, bien... pero, ¿Realmente salió todo bien? ¿O sólo fue la onferencia? Pues... aquel chico al acabar la conferencia se fue de allí, triste, muy triste, porque, habían estado a escasos metros, él la había mirado a los ojos, había intentado sonreirle, pero ella, no se había inmutado...

Aquel chico perdió la ilusión del amor, y todo, por una mirada cómplice, que nunca se dió...

28 de junio de 2009

Otro Amanecer

Hacía pocos meses que había llegado hasta aquel bloque de pisos, mi familia siempre había vivido en el otro lado de la ciudad, en el lado sur, y ahora, yo me independizaba en el norte. El piso cuando lo vi me gustó demasiado, no sabría la razón de porqué fue así, pero me enamoró, tenía algo mágico; por eso, a pesar de la crisis me decidí a comprarlo como fuese. En el banco, al principio, no estaban muy dispuestos a darme la hipoteca, pero, en cuanto les dije quienes eran mis padres, y que firmarían como avales cedieron.

Aún hoy, en la noche, en la soledad, en la espera, recordaba cómo fue aquella mudanza en la que se perdieron algunos recuerdos, o eso decían los transportistas que se perdieron… pero daba igual, podría crear otros nuevos. ¿Quién necesita recuerdos? Crearé otros… Y eso es lo que estaba intentando hacer desde que llegó. La primera noche que estuvo allí hizo una pequeña fiesta para celebrar que había llegado, invitó a pocos amigos, pero menos fueron. También invitó a sus nuevos vecinos, y también fueron pocos, sólo una vecina de pelo rubio y ojos claros, parecía del este de Europa, pero a la vez parecía española, y por su acento latina…

Pero, en aquel momento allí quedó su encuentro en unas pocas palabras y un par de sonrisas, él estaba pletórico por haber llegado a la casa de sus sueños, y ella, estaba distraída de la rutina de siempre, como decían Barón Rojo, grupo que no dejó de sonar en toda la noche, y semanas después sería la banda sonora de sus recuerdos… Tras aquella noche, que acabó al amanecer del día siguiente, empezaron a nacer sus nuevos recuerdos, su nueva vida…

A pesar de que el banco no quiso darle la hipoteca él era un chico trabajador que trabajaba de 8 h. a 20 h., de lunes a viernes, la misma rutina… los mismos compañeros desagradecidos, y el mismo jefe egocéntrico que no tenía mayor mérito que haber nacido hijo del director de la empresa. Pero, su mundo estaba dispuesto a cambiar. Hacía varios años que había cortado con su chica, ese era un motivo por el que quería dejar atrás el sur de su ciudad, ella vivía allí.

Los primeros encuentros con sus vecinos eran fugaces, tan fugaces que ni siquiera se saludaban, excepto aquella mujer de pelo rubio; Tarja le dijo un día que se llamaba. De padre finlandés y madre española, de pequeña se había ido a vivir a Bahía Blanca. Y ahora estaba de nuevo en España con su hijo y su marido… y eran felices, o eso le dijo... Pasaban los días y misteriosamente coincidían más: Primero fue al llegar del trabajo ella llegando de la compra; luego, todos los días igual; empezaron a coincidir a las ocho de la mañana; a la hora del almuerzo… Y ella siempre le miraba, le saludaba y le sonreía.

E inevitablemente llegó el primer beso por parte de Tarja, él se quedó un poco paralizado, pero no pudo resistirse, y la agarró con fuerza, pero tan rápido como la agarró la soltó y separó. Hacía meses que no había tenido una relación con una mujer, pero Tarja era distinta estaba casada y con un hijo. Él se fue, pero le dijo que estuviese tranquila que no diría nada. Pasaron los días entre los dos, y no se volvieron a ver… pero cuando Alberto tenía desvanecida toda esperanza de reencontrarla, por que en el fondo le había gustado el beso, llegó ella por la espalda.

Alberto estaba entrando en su piso, y Tarja lo abrazó sin que él pudiera hacer nada y entraron en el pasillo, ella cerró la puerta antes de que pudiera verlos nadie. Y él, ya se había dado cuenta de que había sido ella la que le había empujado y por eso no gritó ni se asustó. Tan sólo quería preguntarle que quería, pero no le dio tiempo, su boca estaba siendo asediada por unos labios que le buscaban con deseo. Esta vez no podía resistirse a aquellos labios… a aquel cuerpo que le buscaba con desesperación… aquel instinto tan ansiado y que hacía recordar viejos recuerdos ya olvidados.

Ella le dijo ir a su cuarto, él cedió a la proposición, pero antes, encendió la minicadena, eligió el CD2 y buscó la canción 3, le haría el amor, pero ella tendría que mirar más allá y escuchar la letra de aquella canción:
"Dame la oportunidad de mostrarte cómo soy. Ábreme tu corazón, déjame vivir en él. Tal vez sea diferente, pero no va a ser peor que la rutina de siempre… Dame la oportunidad de cambiar tu realidad… Dame la oportunidad de llegar hasta el final…"

15 de junio de 2009

Dos Poemas

No tengo mucho tiempo para publicar post nuevos, por eso, hoy os dejo con el anticipo de lo que espero, y para ello estoy trabajando, un futuro libro de recopilación a modo de Escribo Aquí de Eigual, pero con El Rincón de Los Vencidos, y El Jardín de La Niebla.
-El primer poema "Podrás" es inédito en el mundo de los blogs, y se lo escribí por y para una amiga -Laura-. Este poema en principio no os lo iba a enseñar jamás, y sólo lo veríamos ella, sus amigos en Tuenti y yo, pero, como para mí es uno de los poemas más hermosos que he escrito, le comenté si le importaría que lo publicase en el libro, y me dijo que lo publicase, por eso, está aquí.
-El segundo poema lo recordarán los viejos compañeros que viajaron a mi lado en El Rincón, pues lleva el mismo título que uno publicado allí y la misma temática, pero, esta vez desde los ojos de la chica. Con este poema, me adentro en el "mundo de los sentimientos de las mujeres", antes ya lo había hecho con relatos (creo recordar) pero nunca con poemas. Disfrutadlos:


PodrásMe pides que te escriba un poema,
Y no sé si hablarás en serio, porque
Yo apenas te conozco y no sé qué escribirte;
Pero me ilusiona dedicarte unas palabras.

No sé por dónde empezar. Si pienso en ti
Recuerdo tus ojos y tu sonrisa,
Desde la primera vez que me crucé con ellos,
Siempre estuvieron alegres, transmitiendo ese sentir.

Siempre te vi tan feliz que jamás pensé en la desdicha.
No me atreví a mirar más allá,
Tal vez por la vergüenza o por el miedo,
Y ahora, ya tarde, leo tus palabras.

Y ahora leo que los colores dejaron de brillar,
Que todo empieza a perder el sentido,
Y tú, no sabes si dejarlo todo atrás y volver a empezar.

Y yo, no sé cómo ayudarte, no sé qué decir.
Quisiera que sólo fuese una etapa pasajera
Que, mañana al despertar, la pena muriera como la noche.

Mas, creo, poco puedo hacer para asfixiarla,
Tender mi mano, mi hombro y lo que necesites.
Si quieres, escuchar o, si deseas, hablar.

Ser, otro amigo más dispuesto a ayudar
Sin pedir nada a cambio, sin importar nada.

Sólo esperando los colores que marcharon,
Buscando el amanecer que cicatrice las heridas…

Y haga regresar tus musas.



Tarde De Otoño
En mis ojos tristes y cansados por el tiempo
Aún está presente aquel momento.
Era una tarde de otoño,
Nada podía presagiar nuestro encuentro.

Quizá por ello aún lo recuerdo cada anochecer
Imaginando que él también lo hace.
Nuestras vidas se tocaron,
Nada podía presagiar nuestro encuentro.

Vidas unidas, caminos que se cruzan sin saberlo
Marcas imborrables en los recuerdos
Labios que en mi mente,
Me atormentan por no poder rozarlos.

Aquella tarde te dejé pasar, te perdí por siempre
Y ahora te sueño te busco desesperada.
Sueño con tu cuerpo,
Deseo que estés a mi lado y amarte.

Me siento tan sola, buscando la forma de hallarte
Saber si signifiqué algo en ti.
Permanecer a tu lado,
Ser siempre quién te bese al despertar.

Ni un momento te olvidé, ni un segundo te gocé
Pero no pierdo la esperanza.
Aún queda el otoño,
Y con él, otra coincidencia para verte.

25 de mayo de 2009

Orfeo y Eurídice

Cuenta la mitología griega que Orfeo hijo del Dios Apolo y la musa Calíope era un poeta y músico, pero su habilidad era tan inigualable que cuando tocaba la lira, que le regaló su padre, los hombres se paraban para calmar sus almas, los animales se acercaban a escucharlos y la naturaleza se detenía para no interrumpir su melodía. Quizás fue en una de esas ocasiones cuando la ninfa Eurídice, y de entre todas las ninfas y mujeres que gustosamente habrían yacido a su lado, él eligió a esa dríade. Tanto era su amor, que se casaron. Gracias a aquel amor Orfeo pudo cantar las canciones más hermosas jamás oídas, las notas más dulces jamás escuchadas sólo comparables con la belleza de su amada.

Un día, sin embargo, su amor cayó en desgracia, el hermanastro de Orfeo, Aristeo estaba de paso por el Valle de Tempe, y allí vio a la Eurídice, él, ensimismado con su belleza, la siguió, y ella en su intento de huída pisó una serpiente que le mordió en su pie y murió en aquel instante en aquel lugar, lejos de su amado. Su alma acompañó a Hades y Perséfone dueños de las almas de los que tiempo atrás fueron mortales.

Bella alma en triste lugar, ¿por qué fuiste a parar ahí? Cantaba Orfeo a cada instante. Ciego de amor, haría cualquier cosa por volver a ver su amada, y es algo que los dioses bien sabían. Sus cantos fueron tantos y tan triste que los mismos Dioses le aconsejaron que fuera al Inframundo a pedirles a los amos de él, que le devolvieran su amada, nunca nadie había regresado del submundo, mucho menos acompañado, mas en su corazón no ve imposibles, sólo halla la tristeza de estar lejos de su amada.

Desgarrado por el dolor, marcha cual alma en pena, cual ánima que busca su fin hacia el Ténaro, la puerta que le llevará de nuevo junto a Eurídice. Uno de los impedimentos que encontró fue Caronte, quién no estaba dispuesto a transportarlo en la barca, mas Orfeo, con su melodía logra disuadirle y al cruzar Estigia, Cerbero intenta atacar, las tres cabezas no desistirán tan pronto como Caronte, mas la música de Orfeo, tiempo atrás detuvo hasta la naturaleza, ahora, triste y melancólica, puede hacer estremecer de dolor y mostrar compasión en un ser que no dispone de ella. Con su lira y las palabras de amor amansa al can, y consigue hacer llorar a los tormentos, por primera y única vez, cómo él será el primero en salir de aquel lugar. Los peligros que se le presentan, logra vencerlos todos, no sin dificultad.

Dispuesto frente a frente con los Señores del Averno, clama por recuperar a su amada, la moiras fueron injustas con su amada, aún no le llegó su hora suplica Orfeo entre notas de su fiel instrumento. Pero los ojos de Perséfone se mantienen inmunes, ningún alma regresará de nuevo a la luz de la tierra, le grita. Orfeo, con toda esperanza perdida; su llanto, su música, su don los ve inútiles; recurre al corazón de los verdugos, y les recuerda que tiempo atrás, también ellos fueron separados, y su amor los unió. Hades, finalmente accede dejarles marchar pero con la única condición de que Orfeo no mirará atrás hasta que la luz del día, la luz de la vida, rodee por completo a Eurídice, de lo contrario, la dríade se esfumara cual humo en una ventisca. Si su amor es tan fuerte como se les hace presentar, confiará en ellos.

Logran cruzar todos los peligros, logran dejar atrás las almas que buscan perdón, a veces, incluso llegan a detenerse, Eurídice no está aún con la suficiente fuerza como para atravesar el Averno a los pasos de Orfeo, por eso, él espera con la mirada siempre al frente. A lo lejos, ya se puede divisar la salida del Ténaro. Ha conseguido salvar a su amor, cree, pero un instante antes de que su amada salga por completo del Reino de Los Muertos Orfeo gira su rostro, creyendo que su amada ya cruzó. Clava su mirada en Eurídice, y ésta se desvanece en el aire, se evapora como la niebla que antes dejaron atrás, pero no le importa pues sabe que su amado le sigue amando, sabe que se giró para besarla. Ella sólo pudo decir Adiós.

Orfeo siente que perdió a su amada se fue por segunda vez. Cambia de rumbo, regresa a Estigia, a pedirle al barquero que lo vuelva a cruzar, necesita estar con su amada, pero este le niega el deseo, y ya nada hay que hacer. Allí estará siete noches llorando, alimentando a la Laguna con la desesperación del alma que una vez lo tuvo todo y lo perdió, alimentándola con lo mismo que él lo hace, con lágrimas.

Cuando decide volver a Tracia, sabe que no podrá hacer nada para estar junto a su amada. Sus pesares son más tristes que antes de su primera marcha y niega todo amor, hiere los corazones. Tantos corazones que estos son su muerte. Las mujeres a las que rechazó desean que sus notas sean para ellas, él no cumple su deseo, y para hacerlas marchar, con una dura piedra toca su lira, ésta grita más que las almas en pena, las mujeres, desoladas por la actuación del poeta, lo lapidan con las piedras, ahora tornadas en rojo como su lira, gracias a la sangre derramada del músico. Dejan su cuerpo allí descansar, no su alma, que presta emprende el camino ya conocido.

Eurídice, muerta por segunda vez, espera en el otro extremo de Estigia, aguarda en el Submundo a poder reunirse con Orfeo. Sabe que Hades no dará una segunda oportunidad, su mente no comprende cómo pudo dar la primera, pero no le importa sabe que el amor de Orfeo es cierto, tan cierto como que está muerta por segunda vez. De repente unas notas de música, una lira empieza a sonar… quizás… sí, quizás sea él.

El poeta, ya muerto, conoce al camino, y presto se dirige a reunirse con ella, fundiéndose en un apasionado abrazo para la eternidad.


15 de abril de 2009

Sheela


Tan sólo con su recuerdo mi cuerpo ya tiembla de vergüenza, cuando estaba a su lado no podía ni hablar, ni mirarlo, y si la sentía lo suficientemente cerca, intentaba dejar de respirar para que no sintiese mi hálito. Y, si hubiera podido, hubiera parado mi corazón para que no me delatase, pero era inútil. Ni siquiera él con su mirada podía conseguirlo. Poseía todos mis sentidos uno a uno hasta anularme.

Y aún hoy, cual fría piedra que corre por mis venas, cual denso y oscuro marmól que es mi piel siento su recuerdo, yo una diosa, una deidad del Cielo. Él un simple mortal... Jamás entendí, ni he logrado entender aún, cómo caí en aquella tentación, tal vez fue su belleza, su ímpetu. O quizás fuera la osadía de desafiar a mis superiores, pero, aquella vez, junto al alba... nos fundimos en un sólo cuerpo. Sus palabras de amor, sus promesas de que nada pasaría continuaron mientras llegaba la madrugada. Y con ella, la ira de mis superiores... con ella, la despedida de los amantes... con ella, mi castigo, ver vivir a mi hija sin poner hacer nada por ella, ver a mi pueblo sucumbir al dolor y el miedo.

Fui condenada en un juicio absurdo, rechazada por mis superiores por los míos, rechazada por mi pueblo... Desprecios, malas palabras por las dos partes... Fue duro. Fue un gran dolor, desgarrada de mi hija incluso, ella según él, maldito Oráculo traidor, se la quedó el pueblo. Y yo, yo sólo soy una simple estatua de mármol, una piedra inerte que, desde lo más alto del lugar, jamás podrá dejar de cerrar los ojos para ver cómo su pueblo es destruido por mi pasión. Para ver cómo ni hija, mi sangre, mi amado caen derrotados ante el miedo y las epidemias.

Ni esta impotencia que me causa la piedra, ni estas lágrimas no derramadas. Ni, siquiera, esta metamorfosis no deseada impedirán que reniegue de mis actos...

Y aunque conozco el tormento lo volvería a sufrir, si con ello, gano un solo momento de poder volverlo a sentir...

No tengas en cuenta mis lágrimas, pues hánse brindado para evitarles a tus ojos derramarlas ya que ahora ellos deben permanecer hermosamente abiertos por lo mucho que han de mirar y de ver.


M. Lasala